Al salir del avión, Bekka, que había tenido ventana, dijo, ¡D. C. es tan verde! Después de Las Vegas, en el descenso le había chocado el contraste con el paisaje desértico.
Cuando salimos del aeropuerto, cruzando el puente peatonal hacia la estación de metro, me había olvidado de su comentario y me tomó inadvertido lo mismo. Después de ver un horizonte marrón por siete días, el verde hasta me pareció falso, era demasiado verde.

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