Papel o píxel

Hace varios años hablaba con un profesor sobre el uso de la computadora para escribir. Él decía que no podía hacerlo, que siempre escribía en papel primero y luego lo pasaba. Yo, por mi parte, prefiero teclear. La prosa de mis escritores favoritos la admiro más aún cuando recuerdo que literalmente tachaban, cortaban, pegaban y reescribían a la hora de revisar y autoeditarse. Pero uso la computadora felizmente porque me ahorra ese trabajo, y eso le dije al profesor.

Sin embargo, luego de pensarlo mejor me corregí y dije que, claro, me refería a la prosa, porque la poesía la escribía en papel. Entonces él estuvo de acuerdo con eso, los dos lo repetimos como una obviedad: por supuesto que la poesía uno la escribe en papel primero.

Pero más tarde me puse a pensar: ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia?

Los pocos poemas que he escrito desde entonces los escribí en la computadora.

Casi todos los artículos que leo sobre la revolución digital se concentran en el tema de cómo estamos leyendo, porque son esas preguntas las que afectan la economía, y el futuro de industrias por las que sentimos afecto: ¿cuánta gente compra libros?, ¿cuánta gente compra el periódico aún?, ¿puede prosperar el periodismo impreso si se regala el contenido en Internet?, etc.

Esas preguntas son interesantes, pero de repente me interesa preguntarme cómo estamos escribiendo. Es un tema sin ninguna pertinencia en el futuro de los libros, con pocas consecuencias contundentes, pero me da curiosidad.

Antes de tener acceso a una computadora las 24 horas —en 2002 ó 2003, durante mis primeros años de universidad–, todavía escribía muchos textos en papel primero. Hoy día, escribir a mano me cuesta. Me duele la mano y se me forman callos.

Eso me avergüenza, porque aprecio la escritura a mano.

Una razón es la más obvia. Un ensayo del que cité extensamente en otra nota de este blog, “Mail”, de Anne Fadiman, la explica bien. (Y es muy bueno, por cierto). Fadiman destaca que el lado negativo de la conveniencia del correo electrónico es que no sentimos la obligación de hacer valer lo escrito. Lo que implicaba enviar una carta antes —sacar tiempo, sentarse a escribir, gastar tinta, papel y un sello, llevarla a un buzón— motivaba a las personas a invertirse en la escritura. Por otro lado, la facilidad y la gratuidad del email significan que nos satisface perfectamente enviar o recibir dos líneas, transmitir el mínimo de información necesaria para comunicar el mensaje o mantener la cortesía.

Pero el esfuerzo no es la única razón para apreciar las cartas a mano. Recuerdo cuando la letra era otro detalle de las personas que quería. Conocía la letra de mis amistades cercanas y familiares. La letra era un tema: comparar las letras, admirarlas o criticarlas, describirlas. Pienso en las personas que aprecio hoy pero no conocía hace quince años: no conozco la letra de ninguna. No sé cómo serían sus cartas si me escribieran. No sé si usarían algún papel especial, un papel de tienda de papelería, o uno de argolla o recortado de una libreta cualquiera. No sé qué tipo de bolígrafo usarían, ni qué color de tinta.

Sin embargo, la pregunta me interesa también porque sigo inventado excusas para escribir a mano, y me pregunto si otros lo hacen.

Hace unos años, me di cuenta de que la facilidad de cambiar y corregir en la computadora en ocasiones me bloqueaba, porque no dejaba de autoeditarme, de preocuparme demasiado por decir lo exacto en las palabras exactas (como si fuera posible), en vez de simplemente escribir y dejar la revisión para después. Decidí usar las libretas para las notas y los borradores, lo cual funcionó hasta cierto punto.

Las libretas también me sirvieron para apartarme de la computadora más temprano, en una época en que estaba trabajando demasiado o en horas raras. Cuando se trata de hacer notas, la libreta absorbe mi atención menos que la computadora —puedo hablar con mi esposa y escribir en las pausas.

Creo que esto es posible por la lentitud de escribir a mano: la mano tarda en alcanzar a la mente, así que la mente queda desocupada mientras espera por la mano. Y es por esa lentitud que no he logrado comprometerme totalmente a las libretas. Cuando hago apuntes necesito la rapidez. Cuando me sentaba a escribir a mano porque tenía una serie de ideas que apuntar, me cansaba antes de llegar a todas, o las olvidaba. He vuelto a usar la computadora casi exclusivamente.

El otro día, mi esposa me hablaba de una de las amigas de su mamá, una poeta de 70 años. Me contó que, aunque está completamente al día con la tecnología y recibe y envía emails, tiene hábitos antiguos en su forma de corresponder: le envía a las personas artículos que recortó que piensa que les interesarían o que le acordaron a ellos; manda postales, y usa como postal cualquier foto vieja que encuentra por ahí, llenando el dorso y explicando los detalles: “Aquí estoy yo en Cuba en el ’86”.

Inmediatamente le dije a Isabel: “Yo quiero hacer eso.” ¿Por qué no hago eso? ¿Por qué no hacemos eso? Quiero enviar recortes de artículos y quiero recibirlos, me gusta la materialidad del asunto, la atención que demuestra, pero ya no somos así.

Eso me hizo pensar en los álbumes de fotos, en que solo tenemos uno, el de boda. De los últimos diez años, tengo pocas fotos impresas. Toda una etapa de mi vida solo está registrada en discos duros, o no está registrada, porque a mi hermano, el documentador principal de la familia, se le dañó un disco duro lleno de fotografías hace unos años.

La casa de mis padres está llena de álbumes que todavía sacamos y miramos. Pero mis hijos tendrán pocas fotos que ver, si seguimos así. Tenemos que imprimir más fotos, tenemos que tener álbumes.

¿Será solo nostalgia, tanto que la detesto? No soporto a las personas que creen que todo lo de su generación fue mejor: su música, sus modas, sus formas de experimentar la vida. O peor, los que piensan que todo era mejor antes. No tolero esa histeria. Pero algunas cosas tal vez son añorables.

No me preocupa la pregunta de qué tendrán mis hijos, si libros impresos o sitios web. Sé que tendrán ambos. Pero sé que no quiero que crezcan en un hogar con Flickr en vez de álbumes, con documentos de Word en lugar de libretas, y en que Facebook y el email sustituyan completamente las cartas y postales, y no sé si he tenido cuidado de evitar eso.

Sé que cuando era niño me sentía rodeado de belleza, de colores, de libros con ilustraciones bonitas, de papeles y libretas. Será nostalgia, pero quiero que mis hijos se sientan igual. Quiero que tengan recuerdos que se lleven en cajas, y no solo los que caben en un pen drive.