Una vez le pregunté a una niña cuándo había cumplido los cuatro años que tenía, y me contestó que «hace años». No dudo que le parezca tanto.
Me pregunto si alguien ha logrado explicar por qué el tiempo parece pasar más rápido mientras más edad uno tiene. Mis últimos diez años han pasado volando, mientras que, en escuela elemental, cada cambio de un grado a otro era un evento, cada último día de clases, el final de una era.
Será que cada año escolar me parecía una fracción significativa de la vida porque lo era: no de la totalidad de vida que viviría y viviré, sino de la que había vivido hasta el momento. ¿Será que siempre medimos el tiempo comparándolo con el tiempo acumulado? Tal vez la paciencia no se adquiere con la edad porque maduramos, sino porque dos horas son un porcentaje mayor de la vida de un niño de ocho años que de la de un adulto.
Por otro lado, la diferencia que hacen unos años en la vida de un niño y en la de un adulto no es puramente subjetiva. La diferencia entre los 22 y los 26 años es casi nada. La diferencia entre los 11 y los 15 años es un mundo. No soy psiquiatra ni neurólogo, pero me parece inevitable que los cambios en el cerebro y en el cuerpo afecten la percepción del tiempo.
Pero también sé que estoy articulándolo de forma muy absoluta. Lo curioso es cómo algunas secuencias de nuestra vida parecen moverse más rápido que otras, aun cuando son simultáneas. A veces un periodo nos parece más corto de lo debido («¿____ fue hace dos años? ¡Parece que fue ayer!»), pero lo que permite esa percepción es, precisamente, la comparación con sucesos paralelos y equidistantes. Algunos eventos remotos nos parecen demasiado recientes, mientras que otros, igual de lejanos, no. O nos parece que algo fue ayer, pero al mismo tiempo reconocemos que ha ocurrido demasiado de allá para acá. (Este párrafo estaría mejor escrito si usara ejemplos concretos de mi vida, pero no se me ocurrieron. A pesar de todo lo que acabo de escribir, los últimos dos años me parecen dos años).
En cierta manera, todo esto naturaliza, para un niño, su falta de recuerdos. A los adultos nos parece natural no recordar nada de cuando éramos bebés. Sin embargo, a veces me pregunto qué pensará un niño de cuatro o cinco años de eso. En su caso, ¿no le parecerá raro no tener recuerdos de hace tres o cuatro años? Por supuesto que no: eso fue hace siglos.