Parece que en cualquier momento va a llover. Me tomo el café, mastico mi sándwich. No estoy en un cafecito independiente y bohemio, estoy en Starbucks, desvergonzadamente en Starbucks. El sándwich está bueno, aunque me recuerda a algo que me envenenó una vez, pero el café —el café está perfecto; mientras lo sorbo, me acuerdo de un poema de William Carlos Williams. Hace unos minutos, unos chinos conversaban en la mesa contigua. Poco después de mi llegada, se fueron, y me quedé solo en la terraza. Nunca entendí lo que decían, no entendía ni sus risas, porque hasta se reían de forma milenaria. El aire está húmedo y revuelto; me parece que en cualquier momento me empezaré a mojar y tendré que acumular mis motetes a la prisa —un montón de libros de Manuel Ramos Otero, una grabadora, mi laptop y mi abrigo— y entrar. Sería una desilusión: siento que aquí las palabras que tengo que escribir me podrían salir como grasa por los dedos. No quiero irme. Llegan dos muchachas y empiezan a fumar cigarrillos con olor a vainilla. Yo quiero que llegue un grupo numeroso, intente ubicarse en una mesa insuficiente, y dos o tres personas me pregunten si pueden llevarse las sillas vacías de mi mesa para cuatro. Entonces les podría decir a todos que sí, en confianza, porque no estoy esperando a nadie.