Ella me enseñaba una alcancía que su mamá le compró en Nueva York hace diecisiete años. Era una alcancía mágica. Dentro del cubo hay una esfera dorada suspendida en el aire; le echaba cambio y cambio sin que cambiara el paisaje cúbico, sólo el mismo globo flotante y solitario tras la ventana, como si la ranura fuera el lado ancho de un hoyo negro, y el dinero se depositara en el bolsillo de la realidad. Cuando termina la demostración, se ríe de mi cara de asombro. No puedo evitarlo, la verdad es que la alcancía me parece una maravilla. Ella dice, como si fuera lo más elemental del mundo, que es un juego de espejos, y que se nota si miras a través de la ventana desde ciertos ángulos. Asombrado, le doy vueltas al cubo; lo invierto, lo elevo, lo giro todos los grados, lo pongo bajo la luz amarilla de una lámpara, fuerzo la vista, pero no veo nada delator.

No sé nada de trucos chinos ni de ilusiones ópticas. Quería coger la alcancía y llevármela a fiestas, estaba seguro de que la gente se reiría y le aplaudiría, que a todo el mundo le entusiasmaría como a mí. En ese momento, me sentí tristemente identificado con la alcancía, la alcancía me definía y me resumía —22 años y no sé un carajo, y me impresionan estas cosas, me impresiona esta alcancía de fondo falso.