Este ensayo titulado «El fraude de los talleres literarios» ha estado corriendo por mi feed de Facebook. Andrés Hax, el autor del ensayo, pregunta si vale la pena pagarle a un experto para aprender a escribir, y contesta: «La respuesta es fácil y consiste en la lista de los grandes escritores y escritoras de toda la historia humana antes de 1936», es decir, los escritores que nunca cursaron un grado en escritura creativa, y añade: «¿Hay más debate posible contra este argumento?».
Sí, lo hay: que no sabemos cuántos de estos escritores tenían amigos escritores con quienes compartían sus manuscritos, lectores cabales cuyas opiniones respetaban. Este es el problema con el ensayo, donde se cae todo: el taller literario no hace nada que no haga cualquier amigo escritor que respetas cuando le pasas tu cuento o tu novela.
No sé nada sobre Hax, pero dudo que negaría que este tipo de lectura, este intercambio con colegas escritores, ayuda a un escritor. Y una vez admites eso (bueno, lo estoy admitiendo por él, porque me parece obvio), entonces tampoco puedes negar que un método que esencialmente es una amplificación de esa interacción podría ser útil. Si el problema es con pagarle a una universidad para que reúna y modere el grupo, bueno, no todas las personas tienen el privilegio de tener amigos escritores o escritores aspirantes cuando están empezando. Para muchos, los talleres literarios ofrecen los primeros lazos, los primeros amigos con quienes se comparte el interés en la literatura y la escritura.
Ahora bien, para ser justo tal vez deba afinar mis argumentos, porque el título del ensayo es inexacto: aunque habla del «fraude de los talleres», en realidad parte de unos comentarios contra las cátedras de escritura creativa. La distinción es importante porque sí pueden hacerse críticas válidas contra los programas de escritura creativa, y Hax las menciona. Idealmente, estos programas deberían tener requisitos de admisión muy exigentes, aceptar solo a estudiantes que ya muestren mucho potencial y un nivel adecuado de destreza, de modo que realmente aprovechen el tiempo y la fortuna que gastarán en el programa. Los programas que, en cambio, no son muy exigentes —como parece ser el caso del de Kureishi— sí le roban el dinero a muchos estudiantes al hacerles creer que los convertirán en escritores. Y habrá quien diga que si esos estudiantes quieren botar su dinero o el de sus padres, es problema de ellos, excepto que la participación de estudiantes que no están preparados perjudica también a aquellos que sí lo están, que sí podrían emerger del programa con un buen libro. Se pierde más tiempo, y oportunidades de recibir críticas útiles. Así que los programas poco exigentes terminan robándoles el dinero a todos por igual.
No quiero decir que algunos estudiantes nunca deban tener la oportunidad de participar en estos programas, por más que quieran; no pienso que de veras el estudiante promedio pueda clasificarse fácil y permanentemente como «con talento» o «sin talento». Lo único que digo es que deberían llegar a cierto nivel de destreza antes de participar. Si no han llegado aún, pueden volver a intentar en unos años y, entretanto, pueden seguir leyendo y escribiendo y, por supuesto, pueden tomar talleres independientes.
Porque, como decía, programa de escritura creativa y taller literario no es lo mismo, aunque Hax los descarte juntos en su ensayo. Los talleres pueden tomarse fuera de los programas, y son herramientas útiles para un escritor desarrollar textos, pulirlos, y aprender a autoeditarse en el proceso. Sí, se pueden recibir sugerencias disparatadas e inútiles en un taller, del tipo que dramatiza una cita cómica del ensayo de Hax:
¿Se imaginan a Franz Kafka llevando las primeras páginas de La Metamorfosis a un taller? “Eh, Franz”, diría un hipster con dinero de papá, “me parece que lo que estás buscando está más en el género de la ciencia ficción. Y el título –ya veo que se remite irónicamente a Ovidio– pero me parece un poco pretencioso.”
Esto es fácil de imaginar, pero contra las críticas estúpidas y las malas ideas, el taller funciona incluso mejor que el editor o el amigo lector: hay menos presión para adoptar cambios que no nos convencen, y más opiniones para comparar y decidir. Si una o dos personas de 15 dicen que el final de tu cuento no se entiende, tal vez sean malos lectores. Pero si siete personas te lo dicen, y has respetado sus opiniones anteriormente…
Hay que saber recibir críticas, por supuesto, y creo que ahí llego a la verdadera razón por la cual el rechazo a los talleres literarios me pone defensivo. Creo que el tipo de persona que piensa que las críticas de un taller son tontas e innecesarias sería el mismo que resentiría cualquier nota de otra persona, por ejemplo, de un amigo o un editor. El tipo que se indigna y no puede creer que alguien se atreva a sugerirle que cambie unas palabras o corte unos párrafos porque su obra es suya, es perfecta, y cualquiera que tenga una opinión distinta obviamente no la entiende. Y detesto a esa persona.
A los que quieren probar que los editores y los críticos no sirven para nada les gusta compartir las muchas anécdotas de editores o críticos que rechazaron algún libro que ahora se considera un clásico o un bestseller. La única manera de convencerlos de la utilidad de los editores sería, entonces, que nunca hubiera habido un editor con mal criterio; o mejor, que todos los editores y críticos siempre establecieran un consenso sobre cada obra antes de opinar, de modo que nunca resultara que un editor o crítico tuviera una opinión minoritaria o excepcional.
Yo admito que debe haber editores malos que arruinan los textos que tocan. Pero vuelvo a la lista de los grandes escritores y las grandes escritoras de Hax. Nunca necesitaron un taller y, quién sabe, quizá no les pasaban sus manuscritos a los colegas tampoco. Pero la mayoría de ellos sí tenían, de seguro, editores. Cuando un editor mete la pata, cuando muestra que no entendió ni valoró una novela que resultó ser una obra maestra, eso se recuerda. Pero nunca se sabrá cuántos clásicos de la literatura universal mejoraron gracias a la intervención de un editor que sugirió alterar un pasaje o cortar una escena o incluso cambiar un final. Como hacen los molestosos compañeros de taller.
El trabajo del editor es invisible cuando se hace bien, pero ha beneficiado a innumerables escritores a lo largo de generaciones. Al final, el taller no es más ni menos que otro proceso de edición, cumple la misma función que cualquier editor o amigo lector —leer un texto, señalar posibles deficiencias, sugerir mejoras—, en forma grupal. No sé quién podría oponerse a eso.
