Este mes se cumple el décimo aniversario de la muerte de Rosa Parks.

Hace un tiempo, leí a alguien comentar que Parks ni siquiera pretendía un gran acto de resistencia, que solo era una doñita que no quería moverse de su asiento porque estaba cansada. La persona no lo decía de mala manera, sino como una ironía cómica. Al mismo tiempo, supongo que no se puede admirar mucho a una persona que logra su contribución histórica por un ups, a lo Forrest Gump.

Porque este mito pinta a Parks, no como una activista y revolucionaria, sino como una mujer que no entendía lo que hacía o no le importaban los aspectos políticos, a pesar de ser una mujer negra en Alabama en plena era de segregación. Y luego, además, deja a los hombres del movimiento, los que le consiguieron atención mediática al arresto de Parks, como los verdaderos catalizadores.

La propagación de esta versión se debe, en parte, a la conveniencia de que “limpia” la figura de Parks: permite aceptar en las escuelas una versión inocente y simpática de su historia, sin tener que reconocer la desobediencia consciente de la ley y rebelión contra el poder que conllevaron sus acciones. Se prefiere la doñita cansada a la activista, la mujer que era miembro de la NAACP e incluso secretaria de la organización en su pueblo, y ni siquiera era una «doña». En palabras de Rosa Parks:

“People always say that I didn’t give up my seat because I was tired, but that isn’t true. I was not tired physically, or no more tired than I usually was at the end of a working day. I was not old, although some people have an image of me as being old then. I was forty-two. No, the only tired I was, was tired of giving in”.