«Flâneurs», «tramps» y el acto de largarse

Como el contraste más obvio entre Europa y el Nuevo Mundo es la vastedad de territorio virgen, es interesante que lo más comparable que produjeran las Américas al flâneur francés fuera el llamado “tramp” estadounidense, el indigente de la Depresión que viajaba por todo el país trepando trenes de carga. En las Américas sobraba el espacio, y el tramp, por no dejarse convertir en víctima involuntaria de la escasez de la Depresión, decidía no hacer ningún intento de volver al trabajo regular. Con el crecimiento de la población desempleada y deambulante, muchos romantizaron el estilo de vida del tramp, e incluso hubo quienes dejaron su trabajo voluntariamente para unirse a la revolución accidental.

Al igual que el flâneur, el tramp se percibe a sí mismo como un hombre mundanal, un experimentador directo de la vida. El término “flâneur” viene de la palabra “flânerie”, un tipo de paseo indolente; “tramp” proviene del verbo “to tramp”: hacer una caminata larga y determinada. Es apropiada la diferencia porque el tramp iba lejos: no en un zigzag informal por aceras urbanas sino en una línea recta hacia lugares remotos.

El flâneur (como el situacionista) veía a menos el trabajo, guiado por una oposición a los valores burgueses y a la explotación, y por un sentido de nobleza interna. Los tramps, sin embargo, creían en ganarse el pan laborando aquí y allá por cortos espacios de tiempo, haciendo lo que apareciera en el camino a ningún lugar. Realizaban trabajos que, si hubieran tenido algún complejo de superioridad (como el flâneur) hubieran despreciado o considerado indignos. Como resultado de eso y de su rechazo de los valores convencionales, lejos de cultivar un aire aristocrático (como el flâneur), se los percibía como “bums”, como lo más bajo de la sociedad. Con el tiempo, se hicieron esfuerzos de amoldarlos al sistema, de proveerles incentivos para que se “tranquilizaran” y adquirieran un hogar, y así se redujeran sus números y desapareciera la contracultura que nacía en torno a ellos. Un solo lugar para habitar, el “settling down” digno de la adultez más adulta según los valores convencionales, la meta final: comprar una casa y contribuir a la sociedad.

Los tramps, entre otras cosas, escaparon del ciclo de la vida rutinaria. La Deriva debordiana, el situacionismo y otros sistemas de pensamiento buscaban entre otras cosas contrarrestar la «alienación del individuo» exhortándolo a crear consciencia de su localización. Concluían que si entendiéramos mejor nuestro entorno y los mecanismos de nuestra rutina, nuestro lugar en el espacio, podríamos describir mejor nuestra existencia, repensarnos, y así desalienarnos, conectarnos de nuevo con nuestra humanidad y nuestro ambiente. Pero, más que eso, creo que salirse del espacio acostumbrado, de donde siempre se está, es lo más parecido a habitar dos lugares a la vez: el espacio predispuesto para uno, la ruta en espera de uno, y lo penetrado sin permiso. Si nuestras situaciones determinan, aunque sea por azar, lo que nos sucederá cada día, romper sorpresivamente la rutina y escoger otra calle, transitar otro espacio, son maneras de vivir lo que no nos tocaba, lo otro, lo cerrado.

Porque todo esto, el concepto de la deriva, de doblar por esta calle en vez de seguirlo recto, de tomar esta ruta y no la otra, me recuerda a la idea de largarse. Está en todo lo cotidiano, siempre como un modo de escape de la rutina: ellos están cansados de este trabajo y se quieren largar (en los lugares de empleo), ellos están hartos de discutir y se quieren largar (en la intimidad). Largarse de aquí para allá, en el extremo largarse del país, empezar de nuevo, pero muchas veces algo más manejable:

No es realista ni conveniente para casi nadie hablar, como los situacionistas, de una filosofía de “nunca trabajar”, o, como los tramps, de vagar para siempre. Y así como no asumir posturas ni opiniones (perspectivas no literales) es una manera de carecer de personalidad y carácter, de no ser, no sería difícil argumentar que quien carece de una posición geográfica, de una perspectiva literal —quien no deja marca en ninguna parte— en cierta manera tampoco llega a ser. Innegablemente la sociedad está organizada de tal manera que el deambulante, que no ocupa un rol ni un lugar fijo, apenas existe, queda como mero trasfondo. Le llamamos “señas” a los medios de localizar a alguien, de comunicarnos con una persona (el número telefónico, la dirección física y postal), que hasta hace poco dependían de la posesión de un espacio estático. Quien no tuviera hogar no tenía señas. Solo la era del teléfono celular y el Internet ha comenzado a cambiar esto. Mientras tanto, en espera de esa revolución social, se podría defender la necesidad de tener un lugar, de realizar un oficio: si andar siempre en fuga es no estar en ninguna parte, tener un lugar que poder dejar es un método de expansión.

Muchos placeres se disfrutan más cuando se buscan de improviso, cuando se rompe una obligación para obtenerlos. Por algo es “largarse” y no solo “irse”. Ambos verbos no son sinónimos porque, como la Deriva, “largarse” siempre incluye un sentido de espontaneidad, de improvisación. “Largarse” porque en vez de un desplazamiento, parece un alargamiento, se cubre más espacio, se deja una estela, porque estar en donde no se debe, abandonar de repente un espacio tan rutinario que casi funciona sin uno, es la única manera de estar en dos lugares a la vez.

Foto: Joel Alfaro