Una gata

Una noche que se sentía triste, hace unos años, Isabel fue a cazar gatos.

En aquellos entonces vivía en otro apartamento, en la misma calle donde vivimos ahora. Caminó a una esquina donde suelen congregarse, cerca de unos zafacones, y con un jamón en la mano fue atrayéndolos a su balcón. Por culpa mía, porque soy alérgico, no podemos tener gatos. Su idea, dice, era que vieran dónde vivía, para que pudieran visitarla. Funcionó. Una manada de gatos comenzó a frecuentar el balcón. Siempre que Isabel abría una lata de comida, se materializaban cuatro o cinco.

En algún momento, otra gata comenzó a aparecerse. No tenía relación con la camada de los zafacones. La apodamos Ponde por razones ilógicas; Ponderosa, en realidad, pero la llamamos así pocas veces antes de abreviarle el nombre.

Ponde no tardó en volverse la preferida. La dominante entre los demás era una gata gris de rayas negras que llamábamos Pavela. Era mandona e insistente. La queríamos, pero se aparecía en cualquier momento a pedir comida. En contraste, la humildad de Ponde nos simpatizaba. Isabel decía que, mientras los maullidos de los demás gatos eran exigentes, los de Ponde siempre terminaban en un signo de pregunta.

Esa actitud era extraña. Mientras los gatos callejeros le rehuían al contacto, Ponde lo aceptaba. Cuando Isabel la dejaba entrar, tenía costumbres de gata doméstica. Brincaba en el sofá como si lo conociera de toda la vida. Quería treparse en la cama cuando Isabel se acostaba. Y, sobre todo, se veía saludable, a diferencia de las gatas callejeras enclenques que la rodeaban. Se volvió obvio que era una gata abandonada.

Nosotros no éramos los únicos que la alimentábamos. Todas las tardes, una señora pasaba y le daba comida. Un día, le contó a Isabel que se ocupaba de la gata porque había visto cómo la habían abandonado: en una especie de secuestro al revés, una mujer que pasaba por la calle la había sacado de su carro.

Parecía que, como todos los buenos de este mundo, Ponde tenía muy mala suerte. Cada vez que Isabel abría la lata de comida, Pavela la bloqueaba de comer, la rechazaban y la trataban de espantar. (Tuvimos que comenzar a espantar a Pavela). Una noche la escuchábamos maullando y no la encontrábamos. Un señor nos señaló que de alguna manera se había subido al segundo piso del edificio de al frente y, al parecer, no sabía cómo bajarse. Tratamos por un rato de ayudarla. No teníamos cómo alcanzarla y nadie contestaba en el edificio. Al final nunca supimos cómo resolvió su situación; tuvimos que irnos un rato y cuando regresamos ya estaba en tierra.

Otra noche, cuando nos estábamos mudando pero todavía quedaban algunas cosas en aquel apartamento, pasé a buscar algo. Cuando entré Ponde me siguió —pero no lo supe hasta la noche siguiente, cuando oíamos desde el balcón unos maullidos, y al abrir la puerta la vimos salir como una bala.

Por un tiempo, cuando ya no vivíamos ahí, veíamos todavía a los gatos. Un día, desde el carro, espiamos a Ponde durmiendo en el muro del balcón. Pero, poco a poco, los gatos fueron aceptando que ya no vivía nadie allí, y dejamos de verlos. Solo quedaba Ponde, que se mudó un poco. Comenzamos a verla en un lote vacío cercano. A veces, cuando pasábamos a pie, salía a nuestro encuentro y nos maullaba. Luego, la veíamos más lejos, en el muro de una casa al otro lado del lote. Imaginamos que había ido cada vez más lejos para huir de los demás gatos.

Un día, dejamos de verla. Luego de unos meses, pasamos por la casa para preguntar, pero no encontramos a nadie, y no volvimos. Isabel temía que estuviera muerta. Le decía que no, que había encontrado casa, que estaba cómoda en el sofá de alguna señora.

Hoy estaba acordándome de Ponde de nuevo. Almorzaba con Isabel en un restaurante en la Loíza. Le dije que quería escribir algo sobre Ponde, pero no podía, porque no tenía final. Isabel me señaló lo obvio, que claro que tenía final, pero no me bastaba. Tal vez será porque —esto se me ocurrió después— en realidad quería la historia de Teodoro W. Adorno de Cortázar: quería encontrar a Ponde en la puerta de una iglesia, viviendo una vida de gata doméstica.

Entonces ocurrió una de esas cosas. Al poco rato de dejar el tema, Isabel la vio: la señora que le llevaba comida todas las tardes, al otro lado de la Loíza, paseando un perro alto y negro. Solté mi sándwich y crucé la calle a la prisa. La señora nos había visto y se había detenido. La saludé y le pregunté por Ponde, o más bien por “la gata”, porque Ponde era el nombre que le habíamos puesto nosotros. Todavía me pregunto cuál habrá sido su nombre antes, cómo le habrían llamado las personas que la abandonaron. Me hubiera gustado saber. Hubiera sido como conocerla de nuevo.

Quería que la señora dijera que la tenía, que un día, finalmente, la había recogido y se la había llevado, pero el perro me quitaba las esperanzas. Lo que me dijo fue que tampoco sabía. Un día ella tampoco había logrado encontrarla. “Me la desaparecieron”, me dijo. “Estuve triste por mucho tiempo, yo que le llevaba tilapia todos los días. Me la desaparecieron.” No tuve que preguntarle más, porque entendía.