Cada cuantos meses me dispongo a buscar cosas para botar. Creo que lo hago para que un día no se me haga difícil hacerlo. También porque se ha vuelto una compulsión tan imperante como la de guardar.
Hay una gradación en el guardar y botar, una medición del tiempo. Mantengo a mano lo que me puede servir ahora. Cada cierto tiempo reevalúo y decido si entre los objetos y la papelería de mi escritorio hay algo que ya cayó en la superfluidad, que debe ir a un clóset o, mejor, al zafacón. Cada vez quiero más verlo todo en la basura, así que abro cajas del clóset y filtro desde ahí también. Todo mi cuarto está en una paciente marcha fúnebre hacia la basura. Los objetos juegan sillita musical.
Ayer barajeaba fotos, recuerdos de gente, y no entendía por qué había tomado ninguna. Las saqué todas de los álbumes y las reemplacé por unas más nuevas, no de personas sino de espacios. Los papeles me hablan de ideas y notas que nunca usé y que ya no me importan. Encuentro cuentos y poemas que no recuerdo haber escrito. Esos los guardo, porque quizás algún día los querré, o los usaré para reírme de mí mismo, pero por ahora no los quiero mirar, ni los quiero cerca, así que van a sobres en cajas en clóset. También es un afán de orden lo que me mueve. Si lo echo todo a la basura, no vengo arrastrando nada, peso menos.
A veces me sorprende lo poco que me identifico con la persona que reconozco en todos estos objetos, pero más me sorprendo cuando encuentro algo en común con él; cuando de repente, como saludándome desde lejos, me reconozco en algo que escribí o guardé.