la memoria

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    Diarios

    No me gusta la cuestión de mitificar a los escritores y sus procesos, pero sí me interesa el detalle, cuando lo encuentro, de cómo un escritor incorpora o incorporaba a su rutina la escritura a mano, especialmente los diarios y las libretas. Supongo que, aunque me aburren los artículos con detalles supersticiosos sobre la rutina y el «proceso creativo» del escritor, que tratan la escritura como algo místico, sí me interesa lo práctico. En este caso, la relación entre lo que un escritor escribe «para sí», quizá en libretas o en papeles sueltos, y lo que finalmente publica.

    Me parece claro, por ejemplo, que la libreta es una buena herramienta para desarrollar el hábito de escribir diariamente. La distancia que tiene un texto a mano de poder publicarse significa que es, más que cualquier otro, solo para beneficio del autor, el más borrador de los borradores. Por eso asocio la escritura privada con las libretas, a pesar de que nada impide escribir «para uno» en la computadora. Hoy día, con tantas formas de autopublicar, todo texto en pantalla parece destinado a compartirse con gente, a un paso de difundirse; se siente como si hubiera que tomar acción para no publicar algo. Pero las libretas, por esa distancia, facilitan la escritura automática, el fluir del pensamiento, escribir sin pensar tanto en el acto de escribir o en el código mismo. También impiden el perder tiempo editando y reescribiendo, porque es más trabajoso y porque no hay razón para hacerlo. Lo más cercano que tengo a diarios son libretas para este tipo de escritura.

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  • Cada cuantos meses me dispongo a buscar cosas para botar. Creo que lo hago para que un día no se me haga difícil hacerlo. También porque se ha vuelto una compulsión tan imperante como la de guardar.

    Hay una gradación en el guardar y botar, una medición del tiempo. Mantengo a mano lo que me puede servir ahora. Cada cierto tiempo reevalúo y decido si entre los objetos y la papelería de mi escritorio hay algo que ya cayó en la superfluidad, que debe ir a un clóset o, mejor, al zafacón. Cada vez quiero más verlo todo en la basura, así que abro cajas del clóset y filtro desde ahí también. Todo mi cuarto está en una paciente marcha fúnebre hacia la basura. Los objetos juegan sillita musical.

    Ayer barajeaba fotos, recuerdos de gente, y no entendía por qué había tomado ninguna. Las saqué todas de los álbumes y las reemplacé por unas más nuevas, no de personas sino de espacios. Los papeles me hablan de ideas y notas que nunca usé y que ya no me importan. Encuentro cuentos y poemas que no recuerdo haber escrito. Esos los guardo, porque quizás algún día los querré, o los usaré para reírme de mí mismo, pero por ahora no los quiero mirar, ni los quiero cerca, así que van a sobres en cajas en clóset. También es un afán de orden lo que me mueve. Si lo echo todo a la basura, no vengo arrastrando nada, peso menos.

    A veces me sorprende lo poco que me identifico con la persona que reconozco en todos estos objetos, pero más me sorprendo cuando encuentro algo en común con él; cuando de repente, como saludándome desde lejos, me reconozco en algo que escribí o guardé.