No me gusta la cuestión de mitificar a los escritores y sus procesos, pero sí me interesa el detalle, cuando lo encuentro, de cómo un escritor incorpora o incorporaba a su rutina la escritura a mano, especialmente los diarios y las libretas. Supongo que, aunque me aburren los artículos con detalles supersticiosos sobre la rutina y el «proceso creativo» del escritor, que tratan la escritura como algo místico, sí me interesa lo práctico. En este caso, la relación entre lo que un escritor escribe «para sí», quizá en libretas o en papeles sueltos, y lo que finalmente publica.
Me parece claro, por ejemplo, que la libreta es una buena herramienta para desarrollar el hábito de escribir diariamente. La distancia que tiene un texto a mano de poder publicarse significa que es, más que cualquier otro, solo para beneficio del autor, el más borrador de los borradores. Por eso asocio la escritura privada con las libretas, a pesar de que nada impide escribir «para uno» en la computadora. Hoy día, con tantas formas de autopublicar, todo texto en pantalla parece destinado a compartirse con gente, a un paso de difundirse; se siente como si hubiera que tomar acción para no publicar algo. Pero las libretas, por esa distancia, facilitan la escritura automática, el fluir del pensamiento, escribir sin pensar tanto en el acto de escribir o en el código mismo. También impiden el perder tiempo editando y reescribiendo, porque es más trabajoso y porque no hay razón para hacerlo. Lo más cercano que tengo a diarios son libretas para este tipo de escritura.
En realidad, probablemente son menos las personas (especialmente después de la adolescencia) que mantienen diarios según la idea tradicional o el cliché: recuentos largos y detallados de cada día. Pero he leído que esta escritura también es efectiva para algunos escritores, que por ejemplo ayuda a la memoria, no solo porque literalmente puedes consultar tus diarios si necesitas recordar un detalle, sino también —creo— porque el mismo acto de repasar el recuerdo para escribirlo ayuda a fijarlo. De hecho, he pensado que la memoria excepcional de Isabel (un tema para otro momento) puede deberse, entre otras razones, a que mantuvo diarios durante su niñez y adolescencia.
Y al final, el diario tampoco requiere ese ejercicio cansón y aburrido de narrar cada día para funcionar como suplemento de la memoria. En los últimos años Isabel ha empezado a usar una agenda, y escribe en cada cuadrado, donde deberían ir los planes del día, un párrafo sencillo sobre el día, con algunas reflexiones breves. Como resolví que este año este blog sería 10% más profesional, decidí preguntarle y conseguir una cita exacta sobre su sistema, como haría un periodista de verdá:

«La agenda, como tiene los días ya divididos, en cierta manera me obliga a escribir todos los días, porque uno quiere ver lleno el espacio. Como el espacio es limitado, solo da para escribir lo que uno hizo, con quién estuvo, cómo se siente al respecto. No da para reflexionar mucho, pero como constituye un ejercicio diario de escritura, a veces motiva a ampliar alguno de los temas en otro lugar», me explicó Isabel.
Así que decidí que este año trataría de escribir al menos un párrafo para cada día; como Isabel, un resumen sencillo. Me animaba la posibilidad de tener mejor memoria de ahora en adelante. Me imaginaba teniendo recuerdos, como la gente normal.
Pero es 12 de enero y ya lo descuidé. Y en realidad el fracaso asomó bastante temprano, cuando yo mismo desmentí en tres días mi tesis sobre los diarios y la memoria. Tuve que aceptar la inexactitud de incluso la documentación más directa, una de las más certeras y confiables: una entrada de diario sobre algo que había sucedido apenas unas horas antes. El 3 de enero, cuando ojeaba mi resumen del día antes de guardar la libreta, un error me saltó. Donde había querido escribir que una amiga había venido y «Estuvimos aquí un rato hablando mierda», escribí: «Estuvo aquí un rato hablando mierda».
Lo corregí, pero rápido comencé a pensar en cómo mi error, tan pequeño y fácil —una palabra cambiada por despiste—, invertía por completo el sentido de mi recuerdo. Un rato de conversación agradable entre Isabel, una amiga y yo se volvió una invasión, una presencia apenas tolerada que no quiere callarse la boca e irse. Me imaginé leyendo algunas páginas de mis diarios en veinte años y cruzándome con eso. Releyendo varias veces ese comentario extraño e incongruente («Y esta agresión tan repentina hacia nuestra amiga, ¿de dónde salió?»), buscando el contexto, tratando de encontrar una explicación, pero finalmente aceptándolo porque está ahí, en la página, en mi letra. Lo escribí yo y seguramente tenía razón para escribirlo. Algo había pasado con ella; la había odiado y no lo recordaba.
Aunque esta vez vi el error y lo corregí, obviamente me quedé pensando en cuántas veces unas palabras mal dichas o mal escogidas habrán transmitido lo contrario de lo que quise decir. Y peor y más importante aún, preguntándome qué otros recuerdos he cambiado por accidente.
