Como cuenta este artículo de The New Yorker, a principios de 1937, una serie de cartas-manifiestos publicados en diferentes periódicos ingleses anunció la fundación de un movimiento llamado “Mass Observation”. La ambigüedad sintáctica del nombre, que no deja claro si se trata de una “Observación de las Masas” o una “Observación Masiva”, es apropiada, porque el proyecto en realidad proponía que las masas observaran a las masas, mantuvieran diarios de sus observaciones, y las enviaran al grupo, en una iniciativa que consideraban hija de “la antropología, la psicología y las ciencias que estudian al hombre”. Los Mass Observers, decían los manifiestos, estudiarían comportamientos y “aspectos de la vida contemporánea” y los comunicarían “a todos los observadores en términos simples, para que pudieran entender su ambiente, y así, constantemente transformarlo”. Le llamaban “an anthropology of ourselves”.
Más tarde, el movimiento, como suelen hacer todos, comenzó a publicar proclamaciones exageradas: declaró que establecería nuevos criterios de realismo literario, que liberaría a la poesía del control de los profesionales y que, bajo el movimiento, cada persona podría ser como “Courbet frente a su caballete, Cuvier con su cadáver y Humboldt con su continente”. En otras palabras, que lo que antes estaba bajo el dominio de los expertos, ahora estaría al alcance del pueblo, y cada persona podría contribuir lo suyo, ser un artista, un anatomista o un naturalista.
Durante los próximos años, cientos de personas enviaron al grupo informes regulares de sus vidas diarias.
Mass Observation studied which end of a cigarette people tap before lighting it… (fifty-two per cent tap the end they put in their mouths), the nature of women’s revenge fantasies in wartime (cut Hitler into slices for pie; saw off his ankles, sharpen his shins into stakes, and pound him into the earth with a big saucepan), and the number of outdoor copulations on a typical night in the working-class vacation town of Blackpool (four, including one in which an observer participated)… Mass Observation sought to understand something that anthropology and sociology still took largely for granted: the everyday life of ordinary people.
La coronación de Jorge VI fue un día clave para la historia del Mass Observation.
As Madge and Harrisson [dos de los fundadores] explained in one of their manifestos, when George’s brother Edward abdicated, in December, “millions of people who passed their lives as the obedient automata of a system” were suddenly left to decide for themselves what they thought of its breakdown. The coronation was designed to put their anxiety to rest by means of a grand show. But it was a delicate moment for manipulation of the British people—given the use that European Fascists were making of nationalist spectacle at the time—and thus an ideal one for Mass Observation.
En respuesta a la manipulación del pueblo que pretendía el Gobierno, que los medios, según los Mass Observers, no habían cuestionado, el grupo se organizó y salió a las calles. Recolectaron informes y repartieron cuestionarios con el objetivo de dilucidar el sentir público, y una docena de observadores documentó por escrito la coronación misma.
Crain menciona un argumento, de Nick Hubble, de que el enfoque del Mass Observation en la gente subvirtió las intenciones nacionalistas de la ceremonia de coronación, y lo ilustra, de forma muy efectiva, con ejemplos de algunos de los comentarios escuchados y registrados por los observadores: una persona que comentó que la reina parecía acabada de levantar, otra que criticaba la apariencia física del nuevo rey, un tercero que confunde a un noble con otro…
Este es el efecto más interesante, inesperado, pero en retrospectiva obvio, de la labor del Mass Observation. La versión oficial de un evento, cuando se dibuja con pinceles anchos, siempre queda íntegra. Conserva toda la dignidad o solemnidad que los celebrantes hayan querido imbuirle. La prensa la transmite, y si acaso le pregunta a dos o tres personas en la calle, intentarán opinar seriamente, decir algo que –sea positivo o negativo– tenga cierto peso, pues el principio de incertidumbre de Heisenberg es exponencial cuando se trata de una persona que se encuentra frente a una cámara o la libreta de un reportero: nunca actuará como si los instrumentos de documentación no estuvieran. (Aunque nos parezca que muchas veces hemos escuchado a algún entrevistado en la calle decir una idiotez frente a las cámaras, recordémoslo, no lo dudemos: esa persona estaba tratando de sonar inteligente). Al mezclarse anónimamente entre la gente, sin embargo, los espías del Mass Observation lograron obtener reacciones más genuinas, que, cuando aparecieron en un libro titulado 12 de mayo, ponían en ridículo la ceremonia de coronación y capturaban el sentir del pueblo como la prensa no lo había hecho.1
Primitive forms of posting
En cualquier discusión del Mass Observation, se da por sentido el papel crucial que tuvo el correo en el movimiento. Al fin y al cabo, nada impedía antes que las personas comunes y corrientes agarraran un papel y un lapiz, y apuntaran sus observaciones. Lo que hizo Mass Observation fue proveerles un lugar a donde enviar sus apuntes y, así, un incentivo para hacerlos: coordinó los esfuerzos de una multitud de individuos anónimos por medio del correo. Y se da por sentado porque ya para la década de 1930 el sistema de correos en los países industrializados era casi como lo vemos hoy: una fuerza bien establecida y constante, que incluso parece natural, inteligente y autorregulada.
Sin embargo, en 1837, tan solo cien años antes de que Madge y Jennings escribieran la primera carta sobre el movimiento de Mass Observation al periódico New Statesman and Nation, un maestro de escuela llamado Rowland Hill publicó un informe que criticaba la enorme ineficiencia e inconveniencia del sistema postal británico, que para entonces dependía de una estructura esotérica de precios que escalaban según la distancia que debía recorrer el paquete y otras variables. Para colmo, los costos recaían sobre el recipiente, a pesar de las implicaciones absurdas de eso (por ejemplo, el cartero tenía que esperar por que un recipiente que no estaba en su casa llegara para pagar). Hill abogaba por que se redujeran y estandarizaran los costos, y se absolviera a los recipientes del pago. Para esto, propuso un “Penny Post”, “un pedacito de papel” que cada persona habría de comprar y “fijar al reverso de la carta” para enviarla. En 1839, el Parlamento aprobó la Reforma Postal, y en mayo de 1840 apareció el primer sello postal.
Ante el éxito rotundo de las medidas de Hill, la escritora, filósofa y periodista Harriet Martineau escribió que el sello postal “hará más por la circulación de ideas… por la humanización de la masa en general, que cualquier otra medida que nuestra inteligencia nacional pueda idear”.2
Aunque del correo moderno como una revolución de las comunicaciones no se habla tanto como de la imprenta o del telégrafo, la creación de la prensa masiva dependió de la combinación del sistema de correos con la imprenta. A pesar de que la prensa periodística es la que recibe la etiqueta de medio masivo, nunca se habría diferenciado mucho del panfleto o el vocero del pueblo sin la intervención del correo en la producción, sin las cartas que generaban contenido.
La naturaleza epistolar del periodismo inicial ha dejado huellas en la profesión y en la industria: los periodistas desde el exterior como “corresponsales”, sus reportajes como “cartas”, los diarios llamados El Correo, The Courier o The Daily Mail… Pero el telégrafo, el fax y luego el correo electrónico desplazaron al correo tradicional de la producción, y cuando se recuerda la relación estrecha que alguna vez hubo entre el correo y la prensa, es una curiosidad, un detalle pintoresco de cuando el periodismo no era una cosa seria y profesional.
La terminología de los blogs
En la cita de arriba, podría creer que Harriet Martineau hablaba de los blogs, que han sido una reiteración de la revolución de las comunicaciones que creó el sello postal. También podrían haberse referido a los blogs los manifiestos del Mass Observation, y muchos blogueros se podrían considerar hijos de los Mass Observers.
Por su nombre, los weblogs, las bitácoras electrónicas, al comienzo se asociaban (a la medida en que casi todo lo nuevo siempre se articula en términos de lo que supuestamente sustituye) solo con los diarios personales y la escritura vanal y exhibicionista. Con el tiempo, esta percepción fue cambiando, quizás gracias a que espacios especializados como Facebook tienen hoy en día el monopolio de ese juego con el protagonismo, mientras que los blogs más famosos tienen sus propias disciplinas y motivos: blogs literarios, periodísticos, culturales, políticos…
Sin embargo, aun con su nombre, sorprende que el uso potencial de los blogs como medios de publicación independiente —que comenzó a discutirse después y ya es un lugar común— no se previera desde el comienzo. A pesar de sus semejanzas con los diarios íntimos, el blog tiene más aspectos, en su formato y su terminología, que remiten al periodismo original.
Aunque un sinónimo de “bitácora” es “diario”, un weblog va más allá de esa acepción de la palabra “diario” —“cuaderno o libro en que se recogen acontecimientos y pensamientos día a día”, según Elmundo.es—, porque se trata de un diario público. Es decir, sugiere más la otra acepción de “diario”: “periódico que se publica todos los días”, el diario que es un medio masivo.
A cada texto de un weblog se le llama “post” debido a una relación analógica con los tablones de edicto que es frecuente en Internet. Se quiere sugerir que el escrito es una notita que el bloguero “cuelga”, “fija” o “pega” en un espacio de expresión pública. Sin embargo, hay más razones para ver los “posts” como correo: como cartas o, mejor aún, porque en los blogs se favorece la brevedad, como «postcards»: postales. Sin darnos cuenta, hemos regresado al formato epistolar.
Referencias
1. Crain, C. (2006, 11 de septiembre). «Surveillance Society». The New Yorker, 76-82.
2. Fadiman A. (2001). «Mail». En K. Norris y R. Atwan (Eds.), The Best American Essays 2001 (ppa. 50-59). Nueva York: Houghton Mifflin.
