Como cuenta este artículo de The New Yorker, a principios de 1937, una serie de cartas-manifiestos publicados en diferentes periódicos ingleses anunció la fundación de un movimiento llamado “Mass Observation”. La ambigüedad sintáctica del nombre, que no deja claro si se trata de una “Observación de las Masas” o una “Observación Masiva”, es apropiada, porque el proyecto en realidad proponía que las masas observaran a las masas, mantuvieran diarios de sus observaciones, y las enviaran al grupo, en una iniciativa que consideraban hija de “la antropología, la psicología y las ciencias que estudian al hombre”. Los Mass Observers, decían los manifiestos, estudiarían comportamientos y “aspectos de la vida contemporánea” y los comunicarían “a todos los observadores en términos simples, para que pudieran entender su ambiente, y así, constantemente transformarlo”. Le llamaban “an anthropology of ourselves”.
Más tarde, el movimiento, como suelen hacer todos, comenzó a publicar proclamaciones exageradas: declaró que establecería nuevos criterios de realismo literario, que liberaría a la poesía del control de los profesionales y que, bajo el movimiento, cada persona podría ser como “Courbet frente a su caballete, Cuvier con su cadáver y Humboldt con su continente”. En otras palabras, que lo que antes estaba bajo el dominio de los expertos, ahora estaría al alcance del pueblo, y cada persona podría contribuir lo suyo, ser un artista, un anatomista o un naturalista.
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