Víctimas con nombre

En los últimos días de enero, cuando Trump acaba de asentarse en la Casa Blanca y las alusiones al nazismo en los medios sociales habían subido exponencialmente, visité el Museo de Recordación del Holocausto de Estados Unidos dos veces.

El Museo del Holocausto es un museo sobre la empatía. El tema se repite, explícito e implícito, por todas las exhibiciones. La librería al salir está llena de títulos sobre la empatía y sobre la deshumanización. De hecho, todo el recorrido de la exhibición principal funciona como un experimento sobre la creación de empatía: en el vestíbulo, cada visitante agarra un librito, una “tarjeta de identidad” que cuenta la historia de una persona real durante el holocausto. Los libros están divididos en figuras masculinas y femeninas, para que cada visitante escoja a una persona de su género.

Al final de cada página se indica en qué piso del museo puedes pasar a la próxima, para ahorrarte spoilers.

Cada piso del museo abarca un periodo de la expansión del nazismo. Al final de cada uno, el visitante debe leer dos páginas para ponerse al día con la historia de la persona hasta ese momento histórico. Al terminar el recorrido, llega al final del libro y descubre si él o ella sobrevivió el genocidio.

El uso de las “tarjetas de identidad”, me doy cuenta, presume ciertas cosas sobre la empatía:

  • Para identificarse con las víctimas, no basta recorrer el museo y absorber los datos históricos, las fotografías y los objetos que muestran cómo la vida de los judíos fue empeorando poco a poco. Es necesario personalizarlo, que el visitante se familiarice con una sola persona entre la multitud.
  • Las personas se identificarán más fácilmente con alguien como ellos (en este caso, alguien de su mismo género).
  • Lograr una identificación emocional requiere tiempo, pausas, un ritmo. Así como la trama de una película triste no nos conmovería si nos la resumieran en un minuto, cada historia de la vida y posible muerte de una persona no sería igual de efectiva si uno la leyera de un tirón, al final del recorrido. El visitante tiene que llevar a esa figura real en su bolsillo o de la mano mientras camina por el museo. Debe situarse en un contexto, con detalles de lo que estaba viviendo la población judía en cada periodo. Debe tener tiempo para pensar en él o ella mientras la historia avanza en cada piso, y preguntarse qué le sucederá.

Algunas de esas suposiciones parecen estar sustentadas por estudios científicos. De hecho, demuestran bien lo que Paul Bloom, un psicólogo y profesor en Yale, critica de la empatía.

Para entender bien sus críticas, primero hay que diferenciar varios fenómenos que solemos llamar empatía sin distinción. Bloom identifica cuatro definiciones:

1. La capacidad de comprender los pensamientos y los sentimientos de otros.

Esto también se conoce como empatía cognitiva o teoría de la mente. (Hablaré más de esta versión de la empatía en una entrada futura).

2. El acto de experimentar los sentimientos de personas que se encuentran a nuestro alrededor, como cuando pasar tiempo con una persona ansiosa te pone ansioso. También se conoce como “contagio emocional”.

Sin embargo, la manera más común de entender la empatía, y de utilizar la palabra, parece ser la siguiente:

3. El acto de experimentar sentimientos inferidos. […] A diferencia del contagio emocional, la persona no tiene que estar presente, ni siquiera existir: podemos sentir esto con personajes ficticios. También se conoce como “empatía afectiva” o “empatía emocional”…

Como la define Bloom, esta es la empatía de imaginar cómo debe sentirse otra persona: de entristecernos porque una persona querida está triste, o al ver en las noticias a una madre que perdió a su hijo, o cuando leemos una escena triste en una novela. Esta es la empatía que critica Bloom.

Un problema que señala es el “efecto de la víctima identificable”: gracias a esta empatía, prestamos más atención y ofrecemos más ayuda cuando la necesita una persona particular, con nombre y rostro, que cuando hay una masa de víctimas anónimas. Siempre nos compadecemos más de la víctima individual que de la muchedumbre anónima, a pesar de que el sufrimiento de una multitud es objetivamente algo peor que el de cualquier individuo. Bloom cita al economista Thomas Schelling, quien dijo que cuando “una niña de seis años con pelo castaño” necesita una operación para prolongar su vida unos meses, la gente se apresura a donar dinero, pero si se reporta que un hospital en deterioro necesita fondos para detener un aumento en muertes prevenibles, casi nadie se preocupará.

Debido a este fallo de la psicología humana, la empatía es irrelevante en muchos casos, porque muchos problemas apremiantes no tienen víctimas identificables. Como señala Bloom, las víctimas de muchas crisis son abstractas: las víctimas potenciales del calentamiento global y otros problemas ambientales son millones pero son hipotéticas, sufrirán las consecuencias en un futuro que parece distante.

De hecho, aunque la empatía suele tomarse como un valor de la izquierda, de las personas que reclaman justicia social e igualdad, no siempre lleva a apoyar las medidas más compasivas. La empatía puede contribuir, por ejemplo, a los excesos del sistema penal y la encarcelación masiva, cuando la empatía por las víctimas de violencia lleva a la insistencia en los castigos más severos para los criminales. (El ensayo de Bloom en la New Yorker discute más cómo la empatía es contraproducente para resolver muchos problemas de las maneras más racionales y compasivas).

Pero hay otro problema. Las crisis o tragedias que ignoramos no siempre tienen víctimas abstractas; más bien, algunas víctimas identificables parecen importar más que otras. Mucha gente comenta que parece haber menos cobertura mediática y mensajes de solidaridad en las redes ante un ataque terrorista o desastre natural en un país africano o asiático que cuando ocurre en Europa o Estados Unidos. De hecho, el Holocausto también es un ejemplo común: que el nombre de Hitler sea sinónimo de maldad debido al genocidio judío, pero no, digamos, el del rey Leopoldo II de Bélgica, que mató a millones de congoleños.

El racismo, la desvalorización de ciertas vidas en comparación con otras, es la razón obvia, pero la empatía no es la solución, sino parte del problema: como ya mencioné en otra entrada, hay estudios que confirman que las personas empatizan más fácilmente con quienes se parecen a ellos.

La empatía, dice Bloom, “nos enfoca en el bienestar de individuos específicos que nos importan y en el placer de castigar a quienes los hicieron sufrir”. Señala cómo los políticos la usan cuando quieren incitar el odio a los inmigrantes (enfocándose en sus supuestas víctimas) y para llevar a naciones a la guerra con historias sobre las pobres personas a quienes supuestamente liberarán.

Cuando les conviene que empaticemos con un grupo victimado, le ponen el foco encima y resaltan su humanidad. Mientras tanto, otra masa de gente que sufrirá las consecuencias queda en la oscuridad.

El foco siempre puede moverse de nuevo, a conveniencia. Cuando quienes sufrían en lugares lejanos se vuelven inmigrantes potenciales, ya sea como refugiados o para reunirse con sus familias o porque tienen ofertas de empleo, sus historias personales dejan de importar.

* * *

El fin semana de mi visita al Museo del Holocausto, Trump firmó la orden ejecutiva que varó en los aeropuertos a cientos de inmigrantes de países musulmanes. Hubo protestas a lo largo de Estados Unidos. Una consigna popular  — usada en memes y en protestas —  hacía alusión al famoso poema de Martin Niemöller sobre la inacción de los ciudadanos durante el Holocausto (“First they came for the socialists, and I did not speak out — Because I was not a socialist”…):

First they came for the Muslims and we said: “Not this time, motherfucker”.

El Museo del Holocausto tiene un eslogan largo: Never again, What you do matters. Remite a la que siempre será, supongo, la pregunta acerca del Holocausto, lo que siempre parecerá un misterio: ¿cómo la gente lo permitió? Sin duda, en parte se debe al incrementalismo con que ocurrió todo, la gradación cuidadosa de la represión de modo que cada paso que hubiera alarmado si hubiera ocurrido de la nada, unos años antes, pareciera normal cuando por fin sucedió. Sin embargo, la persistencia de la pregunta, la recurrencia del tema de la empatía en el museo, dejan claro que la mayoría no nos conformamos con esa explicación.

Yo, por ejemplo, siempre he presumido que las personas empatizan más con quienes conocen bien —aun cuando son diferentes de ellos—, que lo difícil es lograr que la gente empatice con extraños. Es una suposición fácil, el tipo de idea que es fácil considerar como sentido común y no cuestionársela. Pero el Holocausto, la inacción de tantas personas mientras se movilizaba poco a poco la detención y el exterminio de sus vecinos, siempre es una posible refutación.

Por todo esto, me había quedado pensando en una exhibición especial que no había tenido tiempo de ver: Some Were Neighbors: Collaboration and Complicity in the Holocaust. El próximo lunes, regresé temprano en la mañana al museo. La primera vez que lo recorrí, un jueves por la tarde, estaba abarrotado. Varios grupos cogían tours en inglés y español. Esta vez, estaba vacío y en silencio. Al entrar, me preguntaron si deseaba tomar un recorrido guiado de la exhibición que comenzaría pronto y dije que no; luego dije que sí. Terminé tomando el tour con dos personas más.

La exhibición Some were neighbors tiene un tema recurrente. Habla de los ciudadanos que no hicieron nada, pero también de quienes sí se resistieron. Documenta con fotografías varias ocasiones en que alguien intercedió. Un sacerdote que iba guiando una procesión reprende a los soldados nazis que se llevaban a un grupo de judíos; un soldado francés se rehúsa a participar en la ejecución de otro grupo; un prisionero político hace lo mismo.

El libreto de los guías tenía una pregunta para los visitantes cada vez: ¿qué creen que ocurrió? La primera vez, el señor que tomaba el tour conmigo contestó preguntando: ¿se metió en problemas? Pero la respuesta siempre era no. El argumento de la exhibición es que, a lo largo de toda la guerra, cuando no judíos se resistían a cooperar con los nazis, no enfrentaban ninguna consecuencia. (Por supuesto, esto es diferente de ocultar o ayudar a escapar a judíos, o de organizar protestas, que obviamente sí se castigaba).

Siempre queda la pregunta: ¿cuál es la diferencia entre unos y otros? ¿Qué motivaba a los hombres y las mujeres que se resistieron? Uno de los fotomurales de la exhibición planteaba esa pregunta. Muchas personas protegieron a judíos a cambio de dinero, decía, pero, también,

Apart from organized rescue networks, individuals were most often motivated to help when they knew the victims as neighbors, business customers, colleagues, friends, and in-laws.

La diferencia no necesariamente estaba siempre en quienes intervenían, que fueran más rectos o más heroicos que el montón, sino en las personas a quienes protegían: muchos actuaban cuando conocían a las víctimas. Por ejemplo, Théophile Larue, un policía de París, les advirtió a sus vecinos judíos de la Redada del Velódromo de Invierno, los escondió en su casa una semana, y los ayudó a huir al sur de Francia.

Por supuesto, las personas que conocemos siempre son niñas de pelo castaño.

* * *

Otro meme de superioridad moral que gusta mucho en las redes es el que regaña a la gente por prestar atención a temas de entretenimiento y farándula, en vez de las cosas importantes que pasan en el mundo.

Estos memes, aun cuando sean bienintencionados, merecen ignorarse por varias razones obvias: la premisa absurda de que solo podemos prestarle atención a una cosa; la presunción de que la única razón para que alguien no esté pendiente a una crisis humanitaria es que es ignorante o superficial; la hipocresía de que la persona que comparte el meme seguramente no tiene una vida puramente dedicada a asuntos serios e importantes  — no, usualmente estos memes hacen referencia a lo más detestado de la cultura popular, algún escándalo reciente o alguna Kardashian, para la persona poder mantener su sentido de superioridad: “Bueno, yo también veo televisión y sigo a mis celebridades favoritas en Instagram, pero no a esas”.

Al mismo tiempo, está claro que las cosas más graves y urgentes que ocurren en el mundo no reciben la atención que parecería adecuada, que en promedio los seres humanos estamos más que dispuestos a ignorar el sufrimiento de otras personas a favor de sentirnos bien con frivolidades. Cuando ocurre en lugares distantes, sin duda hay que mencionar los defectos de la empatía que mencioné antes. Pero también es posible que los humanos sencillamente nos desconectamos de muchos problemas porque ya nos parecen incesantes e insuperables.

Susan Sontag llega a esta conclusión en las últimas páginas de Regarding the Pain of Others. La inatención a las crisis que nos parecen lejanas e implacables, dice, también puede deberse a la sensación de futilidad, de que no podemos hacer nada al respecto:

It is because, say, the war in Bosnia didn’t stop, because leaders claimed it was an intractable situation, that people abroad may have switched off the terrible images. It is because a war, any war, doesn’t seem as if it can be stopped that people become less responsive to the horrors.

Este efecto se intensifica cuando se trata de regiones que estamos acostumbrados a ver como más inestables. Sea justo o no, esté correcto o no, parte del revuelo ante un ataque terrorista en París, Londres o Barcelona se debe a la sensación de alarma y miedo de que pueda ocurrir algo así en un lugar supuestamente seguro del primer mundo, en una ciudad que la mayoría nos imaginamos visitando más que Sri Lanka o Burkina Faso. (Claro, esto no exime a los medios de alguna responsabilidad. Por ejemplo, hay que preguntarse hasta qué punto la representación de los medios ayuda a construir esa idea de países “normales” y estables versus países en caos, volátiles, siempre al borde del desastre).

Sontag escribe:

Compassion is an unstable emotion. It needs to be translated into action, or it withers. […] If one feels that there is nothing “we” can do — but who is that “we”? and nothing “they” can do either — and who are “they”? — then one starts to get bored, cynical, apathetic.

Esta actitud podría parecer un lujo del privilegio. Pero también es otro problema con la empatía que Bloom señala: es agotadora y se agota. No solo no podemos empatizar con muchas personas a la vez, sino que algunos estudios indican que tampoco podemos mantener la empatía por mucho tiempo. Parece que simular los sentimientos de los demás nos cansa  — nos quema — , y reduce nuestra disposición futura a exponernos a situaciones dolorosas o interactuar con personas que nos necesitan.

En las últimas semanas de 2016, luego de la caída de Aleppo, vi varios memes que repetían la idea, más o menos, de que Aleppo era otro Holocausto y habíamos estado distraídos, de que en el futuro vamos a tener que explicarles a nuestros nietos por qué no hicimos nada, o vamos a preguntarnos por qué no actuamos.

La pregunta que quería hacer es: ¿qué exactamente se suponía que hiciéramos? ¿Qué podía hacer una persona común? Todos nosotros, los cualquiera, los que no tenemos suficiente poder político ni para agenciarnos una buena calidad de vida en nuestros países, ¿qué exactamente podíamos hacer por la gente de Aleppo?

Cuando leo de problemas insuperables, de sentir que no puedes hacer nada, pienso en países lejanos, pero por supuesto que también pienso en Puerto Rico. En el último año, he tenido muchas conversaciones sobre lo agotadoras que se han vuelto las noticias, sobre cómo uno equilibra la necesidad de mantenerse informado con la de preservar su salud mental y no abrumarse. Se ha escrito que desconectarse es de privilegiados, bajo la presunción de que solo lo harían quienes saben que, pase lo que pase, estarán bien.

La idea de que una persona vulnerable jamás se enajenaría, sin embargo, me parece extraña. Cuando los medios son un torrente constante de problemas insuperables, sentirse afectada personalmente no da resistencia a una persona, no la endurece, no la hace más capaz de pensar en ellos. Obviamente, los hace más extenuantes aún.