Realismo inverosímil

  • Anoche tarde, mientras trataba de dormirme, me acordé de la breve cosa que hubo como a mediados o principios de los 2000 de las personas que vivían en casas de cristal, y recibían un premio si aguantaban un mes viviendo así, observados en todo momento. Pensaba en eso anoche, y no estaba seguro si era verdad o me lo había inventado y lo había confundido con la realidad, quizás sacando elementos de algo que leí o que vi en una película, hasta que hoy pude preguntarle a Isa y me confirmó que sí, aunque parezca una metáfora barata de algo, eso pasó en la vida real.

  • Hace años trabajaba en la librería CastleBooks, que solía estar al lado del salón de belleza de Magali Febles (por si algún día este blog no sólo lo leyera alguien, sino que lo leyeran extranjeros: es una estilista localmente famosa por su trabajo en los concursos de Miss Puerto Rico). Un día entró ella misma buscando un libro para regalar, pero insistió en que no quería saber nada de la trama ni del autor ni de la crítica. Sólo quería, decía, un libro que tuviera una portada bonita.

    No hay más nada que decir. Que una persona reconocida por su trabajo con la belleza literalmente juzgara un libro por su cubierta, literalmente comprara un libro por su portada, siempre me ha parecido demasiado perfecto. Quisiera que todo en la vida fuera así.

  • Isabel Batteria escribe en su blog, Nada del Mundo Real:

    Tengo dos medio hermanos, quienes tienen, a su vez, dos medio hermanos además de mí: mi papá tuvo a Annmarie y Vincent con una mujer, luego a mí con mi mamá. La madre de A y V luego tuvo con otro hombre a Jason y Justin. (Con ellos no comparto ni una gota de sangre, y he visto a sólo uno de ellos una vez en mi vida, pero me da gracia de qué forma estamos unidos en el “network”.)

    Hoy me di cuenta de que la madre de mis medio hermanos, después de divorciarse de Batteria, se casó con un tal Drum. Al principio pensé que era un chiste, pero no: el papá de Jason y Justin se apellida Drum. Lo que todavía no sé es si habrá sido a propósito.

    Lo sumo a mi archivo de Realismo inverosímil.

  • Una de las mejores sensaciones extranaturales es la de cerrar el círculo. Es esa impresión de que, al final de cualquiera de las etapas vitales que marcamos a lo loco, diferentes elementos del comienzo se han repetido, complementado o posicionado de cierta manera para hacernos sentir un closure, como si de alguna forma nos estuviéramos encontrando otra vez con el punto de partida, y rebasándolo. Es un concepto un poco romanticón y cursi, y quizás buscamos esas señales porque queremos demasiado que la vida sea literaria o interesante. Esos momentos de cierre de círculo son los que frecuentemente nos dan la ilusión (equivocada, creo) de que algunas cosas debieron ser. Vuelves a un lugar justo al final, te reencuentras con alguien, se repite un evento, algo sucede que estabas esperando…

    Cuando tenía como 15 años, me crucé con la cita «Buenas salenas cronopio cronopio». Me pareció extraña y divertida, pero no tenía idea de dónde venía —descubrí a Cortázar tardíamente, en primer año de universidad—. Entonces iba a donde mi hermano Carlos algunas veces y le decía, «Buenas salenas, cronopio cronopio», y a él le parecía más desconcertante todavía, claro, pero no quería decirle de dónde me había sacado eso, hasta que un día le admití que no sabía.

    Cuando leí a Cortázar por fin, se volvió uno de mis favoritos aun antes de que asociara su libro Historias de cronopios y de famas con la frase. En algún momento había comprado el libro entre otro montón de obras de Cortázar, pero todavía no había llegado a él. Entonces un día se me encendió la bombilla estúpidamente y busqué el libro a la prisa, como si de eso dependiera algo importante. Fue una de esas veces en que uno quiere una página particular de un libro y por casualidad lo abre en ella; metí el dedo al azar y ahí vi la frase, esperándome: «Buenas salenas cronopio cronopio». Se lo llevé a Carlos. Ya para eso le había hablado de Cortázar y le había prestado un libro suyo, él sabía que era de mis favoritos, y cuando vio lo que le enseñé, el misterio por fin resuelto, me dijo, «Diablo, esto es full circle«.

  • En la edición más reciente de la revista de crítica literaria y cultural The Believer, Mark Kamine dice de la novela The Impossibly de Laird Hunt (2001):

    [The Impossibly‘s] difficulty stems from an unfamiliarity that leads you off the paved, striped roadway of conventional fiction. The buildings are not quite like ours. The social structures are off–laws and jobs and even interpersonal relations don’t quite jibe with norms… [I]t is a baffling world to enter, a frighteningly violent and mercurial one.

    Según Kamine, la realidad de The Impossibly parece estar «slightly off-kilter» en relación con la nuestra. Pero también nuestra realidad resulta «off-kilter» comparada con la nuestra. Demás enclichamos que la vida imita al arte o que la realidad supera a la ficción, como si después de decirlo por tanto tiempo pudiera quedar algún modelo de esa supuesta realidad tan arreglada, tan propia, tan mecánica y gobernable, que la nuestra sigue sobrevolando sin aterrizar. Más parece que si tenemos algún referente de lo verosímil, de eso que no parece ficción, que no parece absurdo —que es convincente—, vendría de fábrica, de algo que nos precede, pero que no hemos presenciado ni conocido nunca. Así quizás el mundo de manual en donde todo funciona como debe y todo está en su buen sitio —ése que se insinúa, desde el otro lado, cuando se habla de divisiones entre vida y arte, entre ficción y realidad—, nos cruza sin tocarnos.