El privilegio de la especificidad

Llevo tiempo notando cuántos reclamos de activistas no son meramente reclamos de visibilidad, sino de especificidad, y cada semana trae noticias que me recuerdan por qué.

Hablo, por ejemplo, de etiquetas como #iftheygunnedmedown, que utilizaron jóvenes negros estadounidenses para preguntar cuál de dos fotos los representaría si un policía los asesinara. Denunciaban la costumbre de muchos medios de representar a las víctimas negras de la Policía con fotos estereotípicas y descontextualizadas que en el imaginario blanco las identifican como thugs o criminales, en contraste con las imágenes cotidianas, personales y familiares (fotos sonrientes en graduaciones, cumpleaños, bodas…) que suelen acompañar los reportajes sobre víctimas blancas. Es decir, la práctica de omitir más esos retratos que podrían recordarle al público que la víctima era una persona con una vida llena y particular, y quizá no merecía morir en realidad. Más recientemente, el movimiento #SayHerName, que busca crear más conciencia acerca de la violencia que también sufren las mujeres negras a manos de la Policía y otras instituciones del Estado, desde su nombre alude al deseo de reconocer a las mujeres individuales que sufren anónimamente.

Igualmente, puede decirse que la efectividad de muchos artículos y proyectos «virales» (activistas o no) está en la sorpresa y la fascinación con la especificidad de los demás, con las historias, ideas u opiniones que diferencian a las personas. Por ejemplo, una colección de fotos de personas sin hogar con letreros que dicen un dato «sorprendente» sobre ellos (una mujer que fue a escuela de modelaje, un hombre que habla cuatro idiomas, varios que tienen grados universitarios, etc.), datos que podrían resumirse en: soy una persona como tú, con rasgos y una vida por detrás. Y cuando el blog Humans of New York documentó un viaje internacional con la ONU, los lectores comentaban como sorprendidos de que las personas en países de África y el Oriente Medio cuenten historias sobre mismos, sus hijos, sus padres, como las que cuentan los transeúntes de Nueva York, con el mismo amor y con metas y preocupaciones particulares.

La humanidad de otros no debería sorprender, pero está claro que los seres humanos muchas veces tenemos terribles limitaciones para imaginar a los demás complejamente. Y esa capacidad de imaginar a los demás complejamente, ¿se relaciona con la empatía? Porque me hago muchas preguntas acerca de la empatía. Una es cuáles son sus límites, y esa también me lleva a preguntarme sobre los límites de la imaginación.

Hace un tiempo alguna gente preguntaba por qué la masacre de Charlie Hebdo en Francia causa un furor global y no, la última de Boko Haram en Nigeria o de Al-Shabab en Kenya. Era una pregunta retórica, claro, para señalar a la respuesta que todos sabemos: por racismo. Pero se puede decir más al respecto. Parece que el valor que les damos a las vidas depende en parte de nuestra capacidad de imaginarlas complejamente, de al menos conjeturarles especificidad. Y está claro que mientras más distante una persona o un grupo está de la figura «promedio» cuya visibilidad predomina en la cultura —blanca, de estilo de vida burgués, habitante de un país desarrollado, de trasfondo judeocristiano— menos capaces de imaginar sus vidas parecen los medios y, luego, la gente. Como dijo un artículo en The New York Times sobre aquellas fotografías internacionales de Humans of New York:

The photographs have received tens of thousands of Facebook comments. “They’re like us” is the sentiment expressed most frequently, and some of the observations seem naïve: One commenter hadn’t realized that malls exist in the Middle East, and another thought the region was “nothing but tent villages and dust.”

Pienso en la interferencia de Estados Unidos en el exterior, y me pregunto si a un pueblo pueden importarle las acciones de su país en un lugar que solo visualizan como un montón de tiendas de campaña y polvo. Si pueden importarles cuando se sorprenden de que la gente allá tenga historias, preocupaciones y amores, como la gente acá; o sea, cuando se maravillan de que la gente allá sea gente.

Se ve, entonces, por qué tantos proyectos activistas y/o virales parecen tener como tema lo específico de las personas, lo que las hace complejas, humanas, en vez de estereotipos. Está claro que lo “inspirador” y novedoso de muchos es que, en los medios, la especificidad es un privilegio, una ventaja poco común.

La muerte de la Dra. Gloria Ortiz, hace unas semanas, fue otro recordatorio. No cuestiono que la doctora merecía especificidad y complejidad. No estaban equivocadas las personas que pedían ponerse en su lugar, preguntarse con qué lidiaba a diario, qué se sentía ser ella. Al oír que había muerto, muchos se compadecieron porque podían imaginar todo eso o al menos imaginar cuánto no podían imaginar, cuánto desconocían de sus circunstancias.

Mi pregunta es dónde queda esa imaginación en tantos otros casos. Por ejemplo, dónde estaba en relación con los pacientes de la doctora. Tanta gente decía y sigue diciendo que la doctora tenía razón en sus comentarios acerca de sus pacientes. Nadie explica cómo podemos darle la razón o no dársela a una retahíla de insultos generales en contra de un grupo de personas en una sala de espera, sin saber ni siquiera quiénes eran. El grupo de pacientes no merece especificidad. Ellos tienen que conformarse con representar, en masa, su clase social, o mejor dicho, los estereotipos acerca de su clase social, que se les grite e insulte para mantenerlos en su sitio, y que muchos declaren los insultos verdad.

Y claro que la gente puede llamarlos verdad: nadie puede desmentir los estereotipos, porque no señalan a nada en el mundo real, a ninguna persona, sino a sí mismos, al imaginario que quienes señalan tienen sobre eso que señalan. Es, al final, una tautología: los estereotipos que usó la doctora son verdad porque se referían a los estereotipos (que existen en la cabeza de la doctora) que ella y sus defensores veían en lugar de aquellos pacientes. A los pacientes reales, sin embargo, las personas con nombres y apellidos e historiales médicos propios y diferentes que estaban en esa sala de espera, la doctora no los veía en ese momento, ni sus defensores logran imaginarlos.

Como dije, las noticias nos recuerdan todo el tiempo esa desigualdad. El miércoles, la masacre en Charleston, Carolina del Sur, demostró otra vez que mientras cada crimen que comete un negro o un musulmán refleja en todas las personas de su raza o credo, cada terrorista blanco tiene el lujo de que se especule acerca de su psicología y qué circunstancias personales lo llevaron a hacerlo. De igual forma, tras cada nueva noticia del asesinato o la violencia contra una persona negra a manos de la Policía, tanta gente pide que pensemos en lo difícil que es ese trabajo, si el policía tenía miedo y qué habrán hecho las víctimas para provocar la violencia.

«Quién sabe qué le estaban haciendo, cómo la provocaron para que reaccionara así», decía la gente sobre los pacientes de la Dra. Ortiz, y les sonaba creíble esa insinuación. La sospecha de ese grupo de pacientes, la mera sugerencia de que todos podían haber conspirado para desquiciar a la doctora, tenía más peso y credibilidad que un video de lo que concretamente se le criticaba a ella.

Con la Policía, la supuesta provocación también es lo más importante, porque caso tras caso muestra que el temor del policía explica poco. Incidentes como el reciente en la piscina comunitaria en McKinney, Texas, evidencian que aun cuando es imposible que el policía se sintiera en peligro, aun cuando dirigía su violencia contra adolescentes semidesnudos, las víctimas de cierto color o trasfondo nunca se salvan de la sospecha de los demás. Siempre provocan la violencia contra ellos. No tienen el privilegio de ser personas específicas ante el público, de significarse a sí mismos, con nombres, apellidos y testimonios de colegas que las defienden. No cualquiera lo tiene.