La negación de la pobreza

En El Nuevo Día, Gloria Ruiz Kuilan escribe sobre las dificultades de las madres solteras que reciben el PAN. En el primer comentario, alguien pregunta si sería justo que se les multiplicaran las ayudas a estas personas que no trabajan. (Una de las madres entrevistadas trabaja limpiando habitaciones en un hotel, y la otra, en un restaurante de comida china).

En el segundo comentario, la misma persona añade que si van a darles las ayudas, al menos deberían hacer un grado asociado o bachillerato. (Una de las entrevistadas tiene un grado asociado en ciencias de enfermería, y la otra, un bachillerato en Justicia Criminal).

Más abajo, otra persona dice que una de las entrevistadas está gordita porque come mucha comida rápida, que debe comer saludable. (Alguien le señala que comer saludable es más caro). Otra persona que tampoco leyó el artículo comenta: “¿Si yo no me preparo profesionalmente y me va mal […], la vida es injusta?”, y asegura que las cosas salen bien cuando te educas.

La pobreza no es lo que era

Aparece en El Nuevo Día una portada sobre los crecientes niveles de pobreza en Puerto Rico, con una fotografía de una casa de ladrillos sin empañetar y techo de planchas de zinc. De inmediato, se ve en los comentarios los chistes gastados sobre que adentro tienen un plasma grande, tabletas, iPhones o cualquier otra cosa que, para el clasemediero o rico que se burla, no deberían tener.

Tras esos chistes ya comunes está la idea ya popular y generalizada: los pobres están mejor que la clase media, tienen las mismas comodidades pero sin trabajar, ya sea porque tienen dinero ilícito o porque el welfare da para lujos.

Entonces, ¿piensan los que hacen esos comentarios y chistes que la pobreza es un mito, que ya no existe, que se erradicó?

Uno cree que ninguna persona podría pensar eso, y quizá ellos no lo piensan. Es posible que muchos de ellos, si les dieras tiempo para pensar su respuesta (en vez de disparar de la baqueta, como toca en la conversación superficial y fanfarrona en el chinchorro con la Medalla en mano), admitirían que la pobreza existe. Probablemente, se retractarían un poco y dirían que solo están hablando de “alguna gente”.

Sin embargo, igual mencionan a esa “alguna gente” cada vez que alguien dice la palabra pobreza. No pueden dejar pasar un solo maldito artículo que trata de resaltar el problema de la desigualdad sin negarla con los mismos comentarios y chistes imbéciles. Siempre borran a los pobres, detienen cualquier discusión de la pobreza, sacando el cuco del supuesto cuponero parásito.

Y luego están los que sí creen, literalmente, que no existe la pobreza en Puerto Rico. Los que dicen, bueno, sí, aquí alguna gente tiene poco, pero si quieres ver pobreza real, ve a [país latinoamericano] o [país africano]. En otros países hay gente que no tiene nada. Pobreza con electricidad, nevera y Tarjeta de la Familia para no morir de hambre (aunque igual pases hambre) no es pobreza.

Antes la gente sí sabía ser pobre. Si tu familia no parece una foto de Jack Delano de Puerto Rico durante la Depresión, ni te molestes.

No, esta no, estas niñas están demasiado bien vestidas.  

“No hay excusas”

En Primera Hora, Istra Pacheco cuenta la historia de Karol Oviedo, una joven criada en el residencial Luis Llorens Torres que obtuvo una beca para estudiar en la Universidad Emory en Atlanta. Todo el artículo trata sobre las dificultades que enfrenta una joven puertorriqueña por provenir de una familia pobre y de un lugar como Llorens. Deja claro que una muchacha de Llorens no logra graduarse de Robinson y obtener una beca completa con el mismo esfuerzo que sus compañeros más afortunados, sino pasando mucho más trabajo que ellos y con un poco de buena suerte. (No menciono la suerte para minimizar el trabajo de la joven, sino porque un elemento crucial para ella fue la ayuda financiera que un conocido de su familia le gestionó; esto es consecuencia de su inteligencia y su esfuerzo, pero no es un resultado automático que puede esperar cualquier niño inteligente que se esfuerce).

Citan a Oviedo diciéndoles a los jóvenes como ella que se puede, y los lectores se enganchan de eso. “No hay excusas”, escriben en los comentarios. No parece alarmarles, por ejemplo, que a una niña inteligente y aplicada ni siquiera se le ocurrió que podría ir a la universidad hasta noveno grado, solo por las circunstancias que le tocaron. Lo que parecen sacar todos del artículo, de todos los retos que cuenta, no es lo difícil que fue, sino que aunque vivas en el caserío, no hay excusa para no echar pa lante, porque esta muchacha lo hizo.

Y sí, es cierto que si ella pudo, se puede, en el sentido literal de que ella probó que es posible, así que no es imposible. Otros niños como ella tal vez podrían decidirse a pasar diez veces el trabajo que un niño nacido en una familia de clase más alta, para ver si, con un poco de suerte (recalco: no es seguro), obtienen los mismos resultados.

Las preguntas que se dejan sin decir: ¿es justo que tengan que pasarlo? ¿El niño de una familia pobre que, por las razones que sean, no hace el inmenso, abrumador trabajo para intentar salir de la pobreza sin recurrir a métodos ilícitos, no merece salir de ella? ¿A pesar de que un niño de clase media o rica puede lograr más cosas con menos esfuerzo, por el simple azar de nacer con ventajas? Entonces, los que nacen fuera de la pobreza, y de adultos se mantienen fuera de ella con un nivel de esfuerzo normal (y los más privilegiados que lo hacen con poco o ninguno), ¿merecen no ser pobres?

Esta es la primera de dos entradas acerca de los comentarios en las noticias sobre pobreza. También es el comienzo de una terapia contra esos comentarios, un proyecto de crear un antídoto al veneno de ellos.


Artículos citados

Malabares mensuales para estirar el peso
Gloria Ruiz Kuilan [El Nuevo Día]

La pobreza que arropa a Puerto Rico [El Nuevo Día]

Desde el caserío hasta Atlanta
Istra Pacheco [Primera Hora]