«No leas los comentarios” se ha vuelto un consejo vital no solo porque los comentadores suelen representar a una parte de la población ignorante y llena de odios y prejuicios, sino porque sugieren que todo es fútil.
¿Por qué toda la evidencia, los datos, no sirven de nada? El año pasado esta pregunta se puso de moda internacionalmente, primero con el “Brexit” y luego con la elección de Donald Trump. En ambos se vio la autocomplacencia y, luego, el fracaso de un grupo seguro de que tenía a su favor todos los datos, los expertos, la razón, sin ocurrírsele que una parte de la población o no estaba enterada de nada o había estado leyendo todo lo opuesto.
Se hablaba, por ejemplo, del famoso estudio que parece confirmar que presentarles a las personas evidencia factual en contra de sus opiniones y creencias causa que se aferren más a ellas. Y aunque ese estudio se sigue debatiendo, no hay que leer ninguna investigación para reconocer la tendencia del público a solo consumir medios que hacen lucir bien a su partido, y considerar corruptos o parcializados a los que no. Ya en 2014, otro estudio mostraba que entre el público estadounidense, los medios de menos confianza para un lado eran los únicos confiables para el otro.
Otro problema aparente son las burbujas mediáticas. Cada vez más personas reciben sus noticias a través de los medios sociales, donde gravitamos hacia personas que comparten nuestros valores, de modo que también vemos más noticias y análisis que reafirman nuestra visión de mundo. Y de todos modos, uno sospecha que la mayoría de las personas, cuando ven que un artículo contradice lo que ya piensan, ni siquiera se molestan en leerlo. (Los comentadores como el primero que cité aquí deben ser los más comunes).
Así llegamos a situaciones como la de Estados Unidos hoy, donde todavía unos están tan convencidos de la popularidad de su presidente que piensan que solo perdió el voto popular por fraude electoral y que quienes marchan contra él son literalmente actores pagados, mientras los otros están seguros de que solo pudo haber ganado por intervención de los rusos.
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Quizá la dificultad de persuadir explica que tanta gente no parezca ni intentarlo. En Puerto Rico, al menos, los ensayos que publican profesores y especialistas en revistas digitales parecen escritos solo para personas que ya concuerdan con ellos. En algunos casos, incluso parecen dirigirse sin ninguna ambigüedad a sus colegas, con terminología, lenguaje teórico y alusiones (sin ningún tipo de contextualización ni definición) que el lector solo podría conocer si ya hubiera pasado años estudiando el campo del autor. El resultado muchas veces parece un ejercicio por salir del paso, una descarga de los puntos obvios (para el autor) para añadir una publicación más al CV. Rara vez se ve un intento real de esclarecer temas complejos, de convencer o de al menos iniciar un diálogo con personas con opiniones distintas.
Pero el problema no es solo la inaccesibilidad del lenguaje especializado, sino que los sermones no le gustan a nadie; como sugieren los ejemplos que he discutido, la reacción de muchos es negarse a escuchar.
¿Qué se puede hacer, entonces?
Hablar de la importancia del diálogo, de escuchar, se ha vuelto un lugar común, pero me parece acertado. Me parece que entre personas que conversan sobre sus experiencias, deberían poder discutirse las diferencias de opinión con más apertura y armonía. Primero, porque un interlocutor, aun si no se identifica con las experiencias del otro, al menos puede reconocerlas y asimilarlas mejor que las cadenas de argumentos en un argot desconocido. Además, se anula la estrategia usual de acusar al otro de estar parcializado, porque la parcialización se da por sentado desde el comienzo: ninguna narración puede separarse de una manera de ver el mundo.
En conversación, me parece más fácil que dos personas vean las opiniones del otro no como mera ignorancia, o como accesorio de la pertenencia a alguna ideología enemiga, sino como producto de unas experiencias específicas. No solo porque se salen del sermoneo, sino porque cuando escuchamos las historias personales de los demás está siempre el recordatorio de su humanidad, de que no son solo miembros anónimos del bando opuesto.
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Si bien no sabemos con certeza cómo generar empatía, la experiencia directa con realidades invisibilizadas debería al menos posibilitar una comprensión más compleja de su día a día, aun para quien no las viva personalmente. Aunque los argumentos del tipo “yo no puedo ser racista porque tengo amigos negros” merecen todas las burlas que reciben, es razonable especular que una persona con privilegios (por su raza, su clase social, su género, etc.) podría reconocer mejor las desigualdades que la benefician al relacionarse cercana y largamente con personas de los grupos perjudicados por ellas.
Pero, cuando no puede hacerse en la vida real (porque no podemos obligar a todas las personas con prejuicios contra un grupo a tener amigos cercanos de ese grupo), la narrativa podría ser lo más aproximado a ese compartir de experiencias cotidianas.
Muchas investigaciones sugieren las ventajas de la narración en el periodismo: por ejemplo, que atrae más lectores, que los absorbe más en la lectura y que facilita la comprensión y retención de la información.
Más pertinente aún, un estudio publicado el año pasado sugiere que los lectores superan la “polarización política” (la preferencia por los medios que confirman lo que ya piensan) cuando leen periodismo narrativo. En el estudio, unos participantes conservadores y liberales leyeron un reportaje narrativo que se prestaba a distintas conclusiones, presentado en diferentes “envolturas”: para algunos parecía provenir de una publicación digital conservadora y para otros, de una liberal. Pero en lugar de interpretarlo conforme a sus opiniones políticas, de tomar automáticamente una postura ideológica, tanto los liberales como los conservadores parecieron concluir que se trataba de una situación compleja y que era difícil juzgar a los personajes.
Aunque los investigadores mencionan limitaciones y proponen matizaciones que deben tomarse en cuenta, citan otros estudios que sugieren lo mismo sobre la narrativa: que puede influir en las posturas de las personas sobre diferentes temas politizados. Una razón que proponen para esto es que
a compelling, character-driven story like the […] article we chose for our study can be much harder to disregard than articles whose arguments are comprised of numbers and facts. Readers interact with stories differently than they do with information or news. They’re reading narrative pieces primarily to be entertained, not informed.
Uno de esos estudios propone que cuando consumimos una narración, entramos en un “estado de suspenso, una especie de realidad alterna en que los eventos de la historia y las vidas de los personajes son más inmediatos que nuestra experiencia propia”. Cuando un lector está absorto en una narrativa cautivadora —dicen los investigadores—, la fuente particular de la narración pierde relevancia e influencia. Bajo estas circunstancias, estamos más abiertos a “ideas, normas y valores que confligen con nuestras perspectivas”. (Este sería el fenómeno que nos hace apoyar a antihéroes de ficción que en la vida real nos parecerían monstruosos).
En teoría debería funcionar así. Luego, uno lee las reacciones a historias como estas y piensa que las narraciones son igual de inútiles que las exposiciones de datos.
Pero es necesario contrastar aquí la narración de 6000 palabras que se usó en el estudio, construida casi como un cuento literario, y una nota en el periódico de una página o dos con algunas citas de personas afectadas por un problema particular. Parece que las historias aisladas, sin más contexto que el que cabe en un artículo, no parecen influir mucho en las opiniones de los lectores.
Crear el “suspenso”, el trance que produce una narración absorbente, podría ser crucial. Pero también habría que considerar que, cuando se trata de lograr una comprensión profunda de una realidad ajena, difícilmente podría conseguirse por observarla el equivalente de unos cuantos días.
En las próximas entradas: por qué crear empatía requiere más espacio; por qué no debemos apostarlo todo a la empatía.
Referencias
Mitchell, A. y otros. «Political Polarization & Media Habits».
Gottfried, J. y Shearer, E. «News Use Across Social Media Platforms 2016».
Siff, S. (2007). “You Must Read This: A content analysis of most e-mailed stories from five news sites”.
Knobloch, S. and Carpentier, F. D. (2003). “Affective-News Theory: Effects of Narrative Structure on Suspense, Curiosity, and Enjoyment While Reading News and Novels”.
Sternadori, M. (2008). “Cognitive processing of news as a function of structure: a comparison between inverted pyramid and chronology”.
Funt, D., Gourarie, C., and Murtha, J. (June 30, 2016). «Can narrative journalism overcome the political divide?». Columbia Journalism Review.
