En octubre, Xavier Valcárcel contó algo en Facebook:
Esta mañana en la parada de la guagua en Loíza, un señor vino desde el otro lado de la calle casi directo a donde mí a preguntarme la hora. Él no me reconoció. O sí, y quizás por eso se acercó. Fue mi maestro de Álgebra en 10 y de Precálculo en 12. El mismo al que le dije en grado 12 que me aceptaron en la Escuela de Arquitectura de la UPR y no me creyó. El mismo que nos dijo “brutos” tantas y tantas veces, que por ratos nos lo creímos. Miré mi celular y le dije. Luego me fijé en que él traía reloj. Entonces dijo: “Vaya, ¿tanto teléfono pa estar a pie? Por eso este país está jodío. Mucho cuponero y poco trabajador”. Yo solo me quedé mirándolo. No estaba solo. Seguido, me reí para no contestarle. Éramos 8 personas esperando la guagua. Nos miró a todos. Conmigo se tardó un poco más.
Recuerdo que lo leí en una fila de dos horas en la colecturía de Hato Rey y le di save post inmediatamente. En parte, el contexto que me rodeaba me hacía aún más receptivo a la anécdota. Las filas en oficinas de gobierno en Puerto Rico son lugares de conversación sobre política —pero, por supuesto, de la superficial de siempre, donde cada persona repite clichés de “analistas” de la radio y reitera formas simplistas y agujereadas de imaginar el resto del mundo, muchas basadas en anécdotas mal recordadas de algún familiar que ha vivido fuera de la Isla.
Al leer sobre este maestro de Álgebra, me quedé pensando en lo que sugiere su análisis. Tratemos de seguir su línea argumentativa: para que su ataque tenga sentido, hay que presumir
- que todas las personas que cogen guagua son “cuponeros”;
- que las personas que reciben beneficios públicos (“cuponeros”) no trabajan;
- que las personas que cogen guagua no trabajan;
- que no hay razón para tener un teléfono inteligente y no tener un carro, lo cual es ilógico no solo al comparar los precios de ambos, sino al considerar todos los usos de un teléfono con conexión a internet, sobre todo para quien no puede invertir en tener wi-fi en su hogar. Tener una conexión a internet ni siquiera puede considerarse un lujo hoy día; de hecho podría llamarse “indispensable”.
¿Qué nos dice que alguien llegue a conclusiones y decida agredir a otros basándose en unas concepciones tan infantiles y tan erróneas de cómo funciona el mundo?
Pregunto porque parece requisito que, en cada defensa de los pobres, hay que primero conceder que “por supuesto que hay gente que abusa de las ayudas, pero no se puede generalizar”.
Quién se atrevería a negar esa concesión, cuando tanta gente asegura que ellos mismos lo ven todo el tiempo. Que han sido testigos de cómo las personas —¡sus propios vecinos y familiares!— malgastan el dinero de las ayudas. (Porque por supuesto cualquiera puede evaluar las necesidades de una familia y juzgar sus gastos desde afuera). Que las filas de los supermercados están llenas de mujeres que pagan con la Tarjeta de la Familia compras que desbordan los carritos, cervezas caras y langostas. (A mí me gusta imaginarlas con los jamones esos con el huesito por fuera que comen los ricos en los muñequitos). Y siempre están bien vestidas y arregladas y tienen las uñas hechas; ese detalle no puede faltar, no sé si porque hacerse las uñas cuesta $74.99 la uña o porque ser pobre debe obligarte a una especie de voto monástico. En cualquier momento, en cualquier estacionamiento de supermercado, hay 17 mujeres con las uñas hechas montándose en 17 carros de lujo mientras guardan 17 Tarjetas de la Familia en 17 carteras Prada.
Ninguna evidencia de que la pobreza existe sirve de nada, porque ¿cómo puede cuestionarse algo que supuestamente todo el mundo ve todo el tiempo?
Pues, empecemos por aquí: ese maestro de Álgebra seguramente habla (con frecuencia, porque es obvio que le indigna bastante) de los cuponeros que ve con teléfonos carísimos. Ha hablado así frente a hijas, sobrinos, nietas, que han crecido creyendo lo mismo. Ellos también lo saben y lo repetirán: que en Puerto Rico hay “mucho cuponero y poco trabajador”; que cuponeros son, por ejemplo, la gente que coge guagua; que un cuponero no es un trabajador, que una persona que coge guagua tampoco es un trabajador, ni un trabajador coge guagua. Y así, ellos y su descendencia también sabrán que en Puerto Rico hay mucho vago con teléfono caro.
Entonces, ¿cuán confiable es lo que todos sabemos?
