axelalfaro

  • Untitled post 3584

    Ella me enseñaba una alcancía que su mamá le compró en Nueva York hace diecisiete años. Era una alcancía mágica. Dentro del cubo hay una esfera dorada suspendida en el aire; le echaba cambio y cambio sin que cambiara el paisaje cúbico, sólo el mismo globo flotante y solitario tras la ventana, como si la ranura fuera el lado ancho de un hoyo negro, y el dinero se depositara en el bolsillo de la realidad. Cuando termina la demostración, se ríe de mi cara de asombro. No puedo evitarlo, la verdad es que la alcancía me parece una maravilla. Ella dice, como si fuera lo más elemental del mundo, que es un juego de espejos, y que se nota si miras a través de la ventana desde ciertos ángulos. Asombrado, le doy vueltas al cubo; lo invierto, lo elevo, lo giro todos los grados, lo pongo bajo la luz amarilla de una lámpara, fuerzo la vista, pero no veo nada delator.

    No sé nada de trucos chinos ni de ilusiones ópticas. Quería coger la alcancía y llevármela a fiestas, estaba seguro de que la gente se reiría y le aplaudiría, que a todo el mundo le entusiasmaría como a mí. En ese momento, me sentí tristemente identificado con la alcancía, la alcancía me definía y me resumía —22 años y no sé un carajo, y me impresionan estas cosas, me impresiona esta alcancía de fondo falso.

  • Cada cuantos meses me dispongo a buscar cosas para botar. Creo que lo hago para que un día no se me haga difícil hacerlo. También porque se ha vuelto una compulsión tan imperante como la de guardar.

    Hay una gradación en el guardar y botar, una medición del tiempo. Mantengo a mano lo que me puede servir ahora. Cada cierto tiempo reevalúo y decido si entre los objetos y la papelería de mi escritorio hay algo que ya cayó en la superfluidad, que debe ir a un clóset o, mejor, al zafacón. Cada vez quiero más verlo todo en la basura, así que abro cajas del clóset y filtro desde ahí también. Todo mi cuarto está en una paciente marcha fúnebre hacia la basura. Los objetos juegan sillita musical.

    Ayer barajeaba fotos, recuerdos de gente, y no entendía por qué había tomado ninguna. Las saqué todas de los álbumes y las reemplacé por unas más nuevas, no de personas sino de espacios. Los papeles me hablan de ideas y notas que nunca usé y que ya no me importan. Encuentro cuentos y poemas que no recuerdo haber escrito. Esos los guardo, porque quizás algún día los querré, o los usaré para reírme de mí mismo, pero por ahora no los quiero mirar, ni los quiero cerca, así que van a sobres en cajas en clóset. También es un afán de orden lo que me mueve. Si lo echo todo a la basura, no vengo arrastrando nada, peso menos.

    A veces me sorprende lo poco que me identifico con la persona que reconozco en todos estos objetos, pero más me sorprendo cuando encuentro algo en común con él; cuando de repente, como saludándome desde lejos, me reconozco en algo que escribí o guardé.

  • Una de las mejores sensaciones extranaturales es la de cerrar el círculo. Es esa impresión de que, al final de cualquiera de las etapas vitales que marcamos a lo loco, diferentes elementos del comienzo se han repetido, complementado o posicionado de cierta manera para hacernos sentir un closure, como si de alguna forma nos estuviéramos encontrando otra vez con el punto de partida, y rebasándolo. Es un concepto un poco romanticón y cursi, y quizás buscamos esas señales porque queremos demasiado que la vida sea literaria o interesante. Esos momentos de cierre de círculo son los que frecuentemente nos dan la ilusión (equivocada, creo) de que algunas cosas debieron ser. Vuelves a un lugar justo al final, te reencuentras con alguien, se repite un evento, algo sucede que estabas esperando…

    Cuando tenía como 15 años, me crucé con la cita «Buenas salenas cronopio cronopio». Me pareció extraña y divertida, pero no tenía idea de dónde venía —descubrí a Cortázar tardíamente, en primer año de universidad—. Entonces iba a donde mi hermano Carlos algunas veces y le decía, «Buenas salenas, cronopio cronopio», y a él le parecía más desconcertante todavía, claro, pero no quería decirle de dónde me había sacado eso, hasta que un día le admití que no sabía.

    Cuando leí a Cortázar por fin, se volvió uno de mis favoritos aun antes de que asociara su libro Historias de cronopios y de famas con la frase. En algún momento había comprado el libro entre otro montón de obras de Cortázar, pero todavía no había llegado a él. Entonces un día se me encendió la bombilla estúpidamente y busqué el libro a la prisa, como si de eso dependiera algo importante. Fue una de esas veces en que uno quiere una página particular de un libro y por casualidad lo abre en ella; metí el dedo al azar y ahí vi la frase, esperándome: «Buenas salenas cronopio cronopio». Se lo llevé a Carlos. Ya para eso le había hablado de Cortázar y le había prestado un libro suyo, él sabía que era de mis favoritos, y cuando vio lo que le enseñé, el misterio por fin resuelto, me dijo, «Diablo, esto es full circle«.

  • Parece que en cualquier momento va a llover. Me tomo el café, mastico mi sándwich. No estoy en un cafecito independiente y bohemio, estoy en Starbucks, desvergonzadamente en Starbucks. El sándwich está bueno, aunque me recuerda a algo que me envenenó una vez, pero el café —el café está perfecto; mientras lo sorbo, me acuerdo de un poema de William Carlos Williams. Hace unos minutos, unos chinos conversaban en la mesa contigua. Poco después de mi llegada, se fueron, y me quedé solo en la terraza. Nunca entendí lo que decían, no entendía ni sus risas, porque hasta se reían de forma milenaria. El aire está húmedo y revuelto; me parece que en cualquier momento me empezaré a mojar y tendré que acumular mis motetes a la prisa —un montón de libros de Manuel Ramos Otero, una grabadora, mi laptop y mi abrigo— y entrar. Sería una desilusión: siento que aquí las palabras que tengo que escribir me podrían salir como grasa por los dedos. No quiero irme. Llegan dos muchachas y empiezan a fumar cigarrillos con olor a vainilla. Yo quiero que llegue un grupo numeroso, intente ubicarse en una mesa insuficiente, y dos o tres personas me pregunten si pueden llevarse las sillas vacías de mi mesa para cuatro. Entonces les podría decir a todos que sí, en confianza, porque no estoy esperando a nadie.

  • En la edición más reciente de la revista de crítica literaria y cultural The Believer, Mark Kamine dice de la novela The Impossibly de Laird Hunt (2001):

    [The Impossibly‘s] difficulty stems from an unfamiliarity that leads you off the paved, striped roadway of conventional fiction. The buildings are not quite like ours. The social structures are off–laws and jobs and even interpersonal relations don’t quite jibe with norms… [I]t is a baffling world to enter, a frighteningly violent and mercurial one.

    Según Kamine, la realidad de The Impossibly parece estar «slightly off-kilter» en relación con la nuestra. Pero también nuestra realidad resulta «off-kilter» comparada con la nuestra. Demás enclichamos que la vida imita al arte o que la realidad supera a la ficción, como si después de decirlo por tanto tiempo pudiera quedar algún modelo de esa supuesta realidad tan arreglada, tan propia, tan mecánica y gobernable, que la nuestra sigue sobrevolando sin aterrizar. Más parece que si tenemos algún referente de lo verosímil, de eso que no parece ficción, que no parece absurdo —que es convincente—, vendría de fábrica, de algo que nos precede, pero que no hemos presenciado ni conocido nunca. Así quizás el mundo de manual en donde todo funciona como debe y todo está en su buen sitio —ése que se insinúa, desde el otro lado, cuando se habla de divisiones entre vida y arte, entre ficción y realidad—, nos cruza sin tocarnos.

  • Siete retratos del Siete

    Siete retratos del Siete

    Retrato I: Se titula algo así como «La llegada»

    A la dama que está en la tarima la cubre una estrategia de oscuridad, humo, tela encogida y reguetón. A mi grupo, por su componente femenino, le han buscado una ubicación protegida; por esa fortuna nos ha tocado cerca de los camerinos de las bailarinas. Al reguetón lo interrumpen intervenciones esporádicas e ininteligibles de la voz divina. El momento gatea y me impacienta la vaguedad de todo, la falsedad natural de película vista mil veces.

    Dios lo sabe todo, sabe lo que llevo tiempo esperando, y al rato comienza a preguntar, ¿Quiénes quieren chocha?

    Respuesta del coro: Todo el mundo quiere chocha.

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  • Chiringa

    Chiringa

    Luego de observar la bahía por un rato se nos ocurre caminar al Morro. Cruzamos la Plaza del Quinto Centenario y decidimos comprar una chiringa.

    Nos vamos al pasto y comenzamos a armar la chiringa, una Gayla (¿habrá otra marca?). A falta de un zafacón cercano, depositamos la envoltura plástica en la cartera de Isabel para botarla más tarde. Nos tomamos tiempo removiendo la etiqueta pegajosa que cubre el carrete de hilo, nos tomamos tiempo en poner la chiringa a volar. Cuando nos hemos cerciorado de que la chiringa ha subido para no volver a bajar por buen tiempo, nos tiramos al pasto para observarla y seguir desenrollándola.

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