En la edición más reciente de la revista de crítica literaria y cultural The Believer, Mark Kamine dice de la novela The Impossibly de Laird Hunt (2001):
[The Impossibly‘s] difficulty stems from an unfamiliarity that leads you off the paved, striped roadway of conventional fiction. The buildings are not quite like ours. The social structures are off–laws and jobs and even interpersonal relations don’t quite jibe with norms… [I]t is a baffling world to enter, a frighteningly violent and mercurial one.
Según Kamine, la realidad de The Impossibly parece estar «slightly off-kilter» en relación con la nuestra. Pero también nuestra realidad resulta «off-kilter» comparada con la nuestra. Demás enclichamos que la vida imita al arte o que la realidad supera a la ficción, como si después de decirlo por tanto tiempo pudiera quedar algún modelo de esa supuesta realidad tan arreglada, tan propia, tan mecánica y gobernable, que la nuestra sigue sobrevolando sin aterrizar. Más parece que si tenemos algún referente de lo verosímil, de eso que no parece ficción, que no parece absurdo —que es convincente—, vendría de fábrica, de algo que nos precede, pero que no hemos presenciado ni conocido nunca. Así quizás el mundo de manual en donde todo funciona como debe y todo está en su buen sitio —ése que se insinúa, desde el otro lado, cuando se habla de divisiones entre vida y arte, entre ficción y realidad—, nos cruza sin tocarnos.

