Archivo 2005-2020

He escrito notas y ensayos cortos en internet desde 2005, primero solo en blogs, luego también en redes sociales. Por diferentes razones, estas entradas se sienten distantes. Quería empezar un blog nuevo sin seguir arrastrándolas, pero no quería borrarlas, así que las colecciono aquí.

  • «Flâneurs», «tramps» y el acto de largarse

    Como el contraste más obvio entre Europa y el Nuevo Mundo es la vastedad de territorio virgen, es interesante que lo más comparable que produjeran las Américas al flâneur francés fuera el llamado “tramp” estadounidense, el indigente de la Depresión que viajaba por todo el país trepando trenes de carga. En las Américas sobraba el espacio, y el tramp, por no dejarse convertir en víctima involuntaria de la escasez de la Depresión, decidía no hacer ningún intento de volver al trabajo regular. Con el crecimiento de la población desempleada y deambulante, muchos romantizaron el estilo de vida del tramp, e incluso hubo quienes dejaron su trabajo voluntariamente para unirse a la revolución accidental.

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  • Los fractales y la piedra de Isabel

    Los fractales y la piedra de Isabel

    La geometría fractal, a diferencia de la geometría de cuadrados y esferas que nos enseñan en la escuela, describe formas que para algunos tienen más relación con la naturaleza que conocemos. En el mundo natural no hay círculos ni cubos perfectos, pero sí hay formas fractales como nubes y copos de nieve. Hace años, el matemático Benoît Mandelbrot encontró, entre las características definidoras de los fractales, su tendencia a la recursión: esa estructura de juego de espejos en que la misma forma básica se repite en todas las escalas. Por ejemplo, una montaña vista desde la distancia, un pico de esa montaña y una piedra de ese pico tienen la misma forma fractal, son auto similares.

    Isabel encontró esta piedra hace 10 años en la playa de Ocean Park.

  • yoPod

    Hoy Isabel y yo llevamos unas cosas a reciclar y, en el proceso, ella saqueó el depósito de papel glossy en busca de revistas y libros que reciclar a su manera. Encontró varios libros y unas Time y Newsweek y Geo, en general un buen botín para ella, y sobre todo un libro de arte hermosamente diseñado titulado Paris Flea Market. Creo que el libro trata de decoración de interiores con objetos encontrados en pulgueros, pero no lo he mirado mucho. Más tarde, Isabel se lo enseñó a Joel, y ambos comentaron que era extraño que se viera nuevo, o algo así. No sé bien, no les estaba prestando atención porque estaba distraído abriendo mi nuevo iPod. Decidí comprar uno hace poco, y llevaba tiempo fantaseando, y en ese momento fantaseaba de nuevo, con la idea de poder llevar una parte considerable de mi música a todas partes en mi bolsillo, y además estaba admirando el empaquetado estiloso, perfectamente azabache y minimalista de Apple, y disfrutando de desenvolverlo. Lo abría y descubría su interior impecable de paquete de perfume, con los audífonos y el adaptador y las instrucciones en sobres justos, todo cuidadosamente distribuido. Quería terminar de pasarle toda mi música al iPod y escucharlo.

    Más tarde me encontré a solas con el libro sobre la mesa. Lo ojeé un momento y vi que en la primera página había una cita: «Whoever does not visit Paris regularly will never really be elegant».

    Qué pretensión, pensé. Eso no es cierto.

    Recordaba el empaque de mi iPod, tan elegante.

  • Hace años trabajaba en la librería CastleBooks, que solía estar al lado del salón de belleza de Magali Febles (por si algún día este blog no sólo lo leyera alguien, sino que lo leyeran extranjeros: es una estilista localmente famosa por su trabajo en los concursos de Miss Puerto Rico). Un día entró ella misma buscando un libro para regalar, pero insistió en que no quería saber nada de la trama ni del autor ni de la crítica. Sólo quería, decía, un libro que tuviera una portada bonita.

    No hay más nada que decir. Que una persona reconocida por su trabajo con la belleza literalmente juzgara un libro por su cubierta, literalmente comprara un libro por su portada, siempre me ha parecido demasiado perfecto. Quisiera que todo en la vida fuera así.

  • Isabel Batteria escribe en su blog, Nada del Mundo Real:

    Tengo dos medio hermanos, quienes tienen, a su vez, dos medio hermanos además de mí: mi papá tuvo a Annmarie y Vincent con una mujer, luego a mí con mi mamá. La madre de A y V luego tuvo con otro hombre a Jason y Justin. (Con ellos no comparto ni una gota de sangre, y he visto a sólo uno de ellos una vez en mi vida, pero me da gracia de qué forma estamos unidos en el “network”.)

    Hoy me di cuenta de que la madre de mis medio hermanos, después de divorciarse de Batteria, se casó con un tal Drum. Al principio pensé que era un chiste, pero no: el papá de Jason y Justin se apellida Drum. Lo que todavía no sé es si habrá sido a propósito.

    Lo sumo a mi archivo de Realismo inverosímil.

  • Las cosas que me obsesionan

    En cierto tramo de Condado hay una serie de negocios misteriosos que siempre nos dan curiosidad cuando pasamos. No digo que sean ilícitos (de hecho, hay dos sitios que estamos bastante seguros de que son burdeles, pero por esa misma seguridad no hay misterio ni curiosidad); más bien es que tienen nombres llamativos y a la vez ambiguos. Sospechamos que son agencias de publicidad, pero no sabemos. Una en particular me dio mucha curiosidad una vez, porque el slogan era algo así como «creative thinking» o «creative ideas» y nada más. Probablemente es una agencia, pero se me ocurrió que, si fuera literalmente como lo pintan, sería mi trabajo ideal: sólo dar ideas sobre lo que sea. Algunas veces he pensado que me gustaría ser consultor, pero que no sé de qué; sólo quisiera que la gente me consultara cosas, lo que fuera.

    En fin, siempre decía que debíamos apuntar uno de los números que aparecen en las fachadas, llamar, y preguntar qué rayos hacen. Quería conseguir el de «creative thinking» o no sé qué, pero cuando pasamos no volvimos a encontrarlo. En vez de eso apuntamos el de uno que no sonaba a agencia, y que llamaré «Negocio X». Grabé el número en mi celular. Isabel llamó, pero colgó, y luego no me atreví a llamar yo. De todos modos probablemente era algo aburrido. El teléfono se quedó grabado en mi celular.

    Pasaron unas semanas, llegó anoche. Isabel y yo queríamos pedir de una pizzería que nos gusta. Cuando marcó el número en mi teléfono, de un menú que tenemos hace meses, en la pantalla de mi celular salió el nombre de Negocio X. Quiere decir que en algún momento Negocio X dejó de existir o de pagar el teléfono y se lo asignaron a nuestra pizzería favorita. El problema es que esto tiene que haber sido hace tiempo, porque el menú del que sacamos el número lo tenemos como desde noviembre. Pero cuando Isabel marcó ese mismo número hace unas semanas, contestaron y dijeron «Negocio X».

  • Untitled post 3584

    Ella me enseñaba una alcancía que su mamá le compró en Nueva York hace diecisiete años. Era una alcancía mágica. Dentro del cubo hay una esfera dorada suspendida en el aire; le echaba cambio y cambio sin que cambiara el paisaje cúbico, sólo el mismo globo flotante y solitario tras la ventana, como si la ranura fuera el lado ancho de un hoyo negro, y el dinero se depositara en el bolsillo de la realidad. Cuando termina la demostración, se ríe de mi cara de asombro. No puedo evitarlo, la verdad es que la alcancía me parece una maravilla. Ella dice, como si fuera lo más elemental del mundo, que es un juego de espejos, y que se nota si miras a través de la ventana desde ciertos ángulos. Asombrado, le doy vueltas al cubo; lo invierto, lo elevo, lo giro todos los grados, lo pongo bajo la luz amarilla de una lámpara, fuerzo la vista, pero no veo nada delator.

    No sé nada de trucos chinos ni de ilusiones ópticas. Quería coger la alcancía y llevármela a fiestas, estaba seguro de que la gente se reiría y le aplaudiría, que a todo el mundo le entusiasmaría como a mí. En ese momento, me sentí tristemente identificado con la alcancía, la alcancía me definía y me resumía —22 años y no sé un carajo, y me impresionan estas cosas, me impresiona esta alcancía de fondo falso.

  • Cada cuantos meses me dispongo a buscar cosas para botar. Creo que lo hago para que un día no se me haga difícil hacerlo. También porque se ha vuelto una compulsión tan imperante como la de guardar.

    Hay una gradación en el guardar y botar, una medición del tiempo. Mantengo a mano lo que me puede servir ahora. Cada cierto tiempo reevalúo y decido si entre los objetos y la papelería de mi escritorio hay algo que ya cayó en la superfluidad, que debe ir a un clóset o, mejor, al zafacón. Cada vez quiero más verlo todo en la basura, así que abro cajas del clóset y filtro desde ahí también. Todo mi cuarto está en una paciente marcha fúnebre hacia la basura. Los objetos juegan sillita musical.

    Ayer barajeaba fotos, recuerdos de gente, y no entendía por qué había tomado ninguna. Las saqué todas de los álbumes y las reemplacé por unas más nuevas, no de personas sino de espacios. Los papeles me hablan de ideas y notas que nunca usé y que ya no me importan. Encuentro cuentos y poemas que no recuerdo haber escrito. Esos los guardo, porque quizás algún día los querré, o los usaré para reírme de mí mismo, pero por ahora no los quiero mirar, ni los quiero cerca, así que van a sobres en cajas en clóset. También es un afán de orden lo que me mueve. Si lo echo todo a la basura, no vengo arrastrando nada, peso menos.

    A veces me sorprende lo poco que me identifico con la persona que reconozco en todos estos objetos, pero más me sorprendo cuando encuentro algo en común con él; cuando de repente, como saludándome desde lejos, me reconozco en algo que escribí o guardé.

  • Una de las mejores sensaciones extranaturales es la de cerrar el círculo. Es esa impresión de que, al final de cualquiera de las etapas vitales que marcamos a lo loco, diferentes elementos del comienzo se han repetido, complementado o posicionado de cierta manera para hacernos sentir un closure, como si de alguna forma nos estuviéramos encontrando otra vez con el punto de partida, y rebasándolo. Es un concepto un poco romanticón y cursi, y quizás buscamos esas señales porque queremos demasiado que la vida sea literaria o interesante. Esos momentos de cierre de círculo son los que frecuentemente nos dan la ilusión (equivocada, creo) de que algunas cosas debieron ser. Vuelves a un lugar justo al final, te reencuentras con alguien, se repite un evento, algo sucede que estabas esperando…

    Cuando tenía como 15 años, me crucé con la cita «Buenas salenas cronopio cronopio». Me pareció extraña y divertida, pero no tenía idea de dónde venía —descubrí a Cortázar tardíamente, en primer año de universidad—. Entonces iba a donde mi hermano Carlos algunas veces y le decía, «Buenas salenas, cronopio cronopio», y a él le parecía más desconcertante todavía, claro, pero no quería decirle de dónde me había sacado eso, hasta que un día le admití que no sabía.

    Cuando leí a Cortázar por fin, se volvió uno de mis favoritos aun antes de que asociara su libro Historias de cronopios y de famas con la frase. En algún momento había comprado el libro entre otro montón de obras de Cortázar, pero todavía no había llegado a él. Entonces un día se me encendió la bombilla estúpidamente y busqué el libro a la prisa, como si de eso dependiera algo importante. Fue una de esas veces en que uno quiere una página particular de un libro y por casualidad lo abre en ella; metí el dedo al azar y ahí vi la frase, esperándome: «Buenas salenas cronopio cronopio». Se lo llevé a Carlos. Ya para eso le había hablado de Cortázar y le había prestado un libro suyo, él sabía que era de mis favoritos, y cuando vio lo que le enseñé, el misterio por fin resuelto, me dijo, «Diablo, esto es full circle«.

  • Parece que en cualquier momento va a llover. Me tomo el café, mastico mi sándwich. No estoy en un cafecito independiente y bohemio, estoy en Starbucks, desvergonzadamente en Starbucks. El sándwich está bueno, aunque me recuerda a algo que me envenenó una vez, pero el café —el café está perfecto; mientras lo sorbo, me acuerdo de un poema de William Carlos Williams. Hace unos minutos, unos chinos conversaban en la mesa contigua. Poco después de mi llegada, se fueron, y me quedé solo en la terraza. Nunca entendí lo que decían, no entendía ni sus risas, porque hasta se reían de forma milenaria. El aire está húmedo y revuelto; me parece que en cualquier momento me empezaré a mojar y tendré que acumular mis motetes a la prisa —un montón de libros de Manuel Ramos Otero, una grabadora, mi laptop y mi abrigo— y entrar. Sería una desilusión: siento que aquí las palabras que tengo que escribir me podrían salir como grasa por los dedos. No quiero irme. Llegan dos muchachas y empiezan a fumar cigarrillos con olor a vainilla. Yo quiero que llegue un grupo numeroso, intente ubicarse en una mesa insuficiente, y dos o tres personas me pregunten si pueden llevarse las sillas vacías de mi mesa para cuatro. Entonces les podría decir a todos que sí, en confianza, porque no estoy esperando a nadie.