Minientradas

  • Untitled post 11014

    Al salir del avión, Bekka, que había tenido ventana, dijo, ¡D. C. es tan verde! Después de Las Vegas, en el descenso le había chocado el contraste con el paisaje desértico.

    Cuando salimos del aeropuerto, cruzando el puente peatonal hacia la estación de metro, me había olvidado de su comentario y me tomó inadvertido lo mismo. Después de ver un horizonte marrón por siete días, el verde hasta me pareció falso, era demasiado verde.

  • En Las Vegas me monté por primera vez en un carro robot. No quiero que estas cosas le quiten trabajo a los taxistas y conductores de Uber y Lyft, pero quisiera que estuvieran en precios asequibles mañana, para no tener que guiar un día más.

  • Untitled post 10853

    En una semana voy a viajar a Las Vegas. Será mi primera vez allí.

    Pensando en que visitaré un estado desértico, me he estado acordando de cuando fuimos a California hace unos años, e hicimos escala en Arizona. Recuerdo que desde el aeropuerto, me sorprendió lo clichosamentre arizonesco que se veía Arizona desde el aeropuerto. Parecía la escenografía más chapucera de una película de Hollywood. ¿La escena es en Arizona? Okey, pues coge Arizona.

    Sería como llegar a Puerto Rico y ver el morro con garita y acantilado y todo eso desde el aeropuerto.

  • Hace unas semanas saldamos nuestro carro y hoy llegó en el correo el título.

    Hace seis años, nos casamos justo antes de la pandemia, y semanas después fuimos directo a la cuarentena. La abogada que nos casó nunca nos ha enviado los documentos, no hemos buscado nunca copia del certificado de matrimonio. El título de este carro que L. guía para el trabajo todos los días tiene nuestros dos nombres. Le dije, «Si un día tenemos que probar que no somos solo roommates, al menos ahora podemos demostrar que tenemos un carro juntos».

  • Untitled post 10479

    Comencé el año viendo películas sobre disfrutar una vida simple, la belleza de lo ordinario y las conexiones con otros: Perfect Days, de Wim Wenders, y Paterson, de Jim Jarmusch (que estaba viendo por segunda vez).

    Hirayama, el protagonista de Perfect Days, es un limpiador de baños públicos en Tokio y, Paterson, el de Paterson, un chofer de guagua. Ambos son ascetas en cierta medida. Hirayama toma fotos y lee libros; Paterson lee y escribe poesía. La estructura de ambas películas son sus rutinas diarias, interrumpidas por breves momentos de conexión con otros o de notar la belleza que les rodea: el follaje de los árboles en el parque, encuentros repentinos con extraños y personas del pasado, las conversaciones ajenas que escuchan.

    Resulta que ambas películas generan un debate similar en línea. La mayoría ve lo que acabo de decir, pero otros perciben un mensaje oculto de que los protagonistas son perdedores que mantienen sus rutinas rígidas para distraerse de su realidad deprimente. Paterson, porque lleva una vida demasiado tediosa y no aspira a más, y Hirayama, porque es un limpiador de baños entrado en años sin hijos, sin pareja, tal vez hasta sin amistades. Señalan a las pistas de la película sobre un trauma reprimido de Hirayama, o a las características de la esposa de Paterson que les parecen insoportables, aunque la película deja claro que Paterson la adora.

    Yo creo que la felicidad de Hirayama en la película es real, aunque tengo claro que no podría vivir tan solo como él. Paterson me parece que tiene toda la pirámide de Maslow cubierta.

  • Anoche leí una crónica sobre viajar en tren a lo largo de Estados Unidos. En años recientes me llama la idea de vacacionar en hoteles rodantes, de quedarme en un solo lugar y tener vida de hotel mientras el hotel se mueve y me lleva a lugares. Trenes, cruceros. Mis pocos viajes han sido vacaciones pero sin mucho descanso, excepto quizá de la mente (el cliché de necesitar vacaciones de las vacaciones). Quisiera sentir en cualquier tiempo libre el sosiego de las navidades, la sensación de que el mundo va más lento y puedo hacer menos y dormir más. Que de hecho no tengan que ser vacaciones de la mente, solo de la manera particular en que uso la mente para ganarme la vida, pero tenga suficiente tiempo de ocio para leer mucho y quizá hasta escribir.

    La vida de hotel me atrae porque es vida de comunidad pequeña y caminable: tener todo a unos pasos. No me importa la mala fama que tienen los cruceros: me suena bien la combinación de no hacer nada, poder estar tirado descansando, leyendo, como si me hubiera quedado en mi casa, y también poder decidir socializar o ver otros países algunos días para variar. Desde hace un tiempo estoy convencido de que sería una experiencia feliz para mí.

    Tomé esta foto de un tren de Amtrak desde la estación de metro de King Street. Mis experiencias con trenes hasta ahora han sido dos viajes ida y vuelta de poco tiempo, y no tomé fotos en ninguna de esas ocasiones.

  • He tenido la oportunidad de sobar a este perrito como cinco veces en los últimos meses. Lin nunca ha estado conmigo cuando me lo he encontrado y me envidia, y de alguna manera me lo sigo encontrando exclusivamente cuando no ando con ella. Ya se ha vuelto un chiste entre nosotros. Entro al apartamento. “No vas a creer a quién vi abajo”. “¿Otra vez el samoyed?”.

  • En el norte de Virginia no hemos experimentado mucho la supuesta amabilidad sureña. En el Sur no consideran NoVA parte del Sur, y aunque muchas veces se diga de manera racista y xenófoba, motivado por la gran cantidad de inmigrantes en esta área, quizá lo de la amabilidad se deba a eso también. Es decir, si no puedo generalizar sobre el carácter o la idiosincrasia de la gente aquí —hay gente que no sonríe ni da los buenos días, hay gente que sí—, quizá sea porque, como se dice mucho, esta es una región de inmigrantes y transeúntes, de personas de todas partes del mundo y de Estados Unidos, con todo tipo de prácticas y maneras de relacionarse.

    Más al sur y fuera del área metropolitana de D. C., en Richmond, la gente nos parece más amigable, pero fue en Nueva Orleans, Luisiana, donde fuimos a celebrar nuestro aniversario este año, que de verdad nos sorprendió la calidez de las personas. Solo allí los extraños no se limitaban a dar los buenos días en la calle, sino que preguntaban ¿cómo están? y ¿qué tal su día? como si genuinamente quisieran que nos detuviéramos a decirles. Casi todos los conductores de Uber nos hacían conversación y nos contaban de sus vidas.

    Lo más memorable fue la reacción a Darlene el día del aniversario, cuando tomé esta foto. En unas pocas horas recibió alrededor de (no exagero) 12 cumplidos de mujeres a lo largo de la ciudad. El más cómico fue mientras esperábamos para cruzar una calle. Cuando notamos que nos estaban gritando algo desde un tranvía, nos pusimos nerviosos pensando que estábamos haciendo algo mal y nos estaban regañando. Pero no, era la conductora del streetcar también gritándole a Darlene, You look beautiful, I love your outfit.

  • Untitled post 9477

    Hoy fue un día bonito.

    Por la mañana, me vestí para ir a trabajar a la oficina, y Darlene se vistió igual que yo. Dijo que simplemente le había gustado la combinación de colores, y que no importaba que estuviéramos vestidos iguales porque nadie nos iba a ver juntos. Era verdad, pero le dije que sospechaba que ella quiere que seamos de esas parejas que se visten igual pero no sabe cómo planteármelo.

    Al mediodía, mi jefe me dijo que él y el único otro compañero presencial hoy iban a almorzar en el conference room. Me dijo que no me sintiera obligado a unirme, pero como voy poco a la oficina y no quería ser antipático, acepté.

    Al salir y ver lo bonito y soleado y cálido que estaba el día, me arrepentí de haber accedido a comer encerrado en un salón de conferencia. En un restaurante cercano me compré un sándwich y dos galletas. Hace poco, habíamos comido allí después del gimnasio y habíamos comentado lo buenas que estaban las galletas. Otro día, volví al lugar a almorzar y me compré otra galleta, pero no le compré una a Darlene; luego, cuando se me ocurrió, me sentí un poco culpable por el resto del día. Hoy me acordé de comprar para los dos.

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  • Hace unos días vi una publicación en internet en que una persona hablaba de que se sentía sola. Y aunque obviamente empaticé con su desahogo, algo que me partió el corazón más aún fue la predecible necesidad de excusarse y justificarse aclarando que, en realidad, a ella normalmente le gusta la soledad.

    Siempre me había preguntado por qué es tan difícil hablar de la soledad, no solo en el sentido de que es un tema delicado y que avergüenza a la gente, sino de que literalmente es difícil plantearlo sin que la gente te responda sobre otra cosa creyendo que te hablan de lo mismo. En la internet, cuando alguien habla de la soledad como algo negativo (como un problema personal o como la crisis de salud pública que es) rápido llegan las personas que comentan que a ellos personalmente les encanta la soledad, y el problema es que la gente no sabe estar sola. Lo tratan como una falta de los jóvenes de hoy o algo así (culpa de los celulares y las redes sociales, de seguro), como si lo normal históricamente fuera el individualismo y que la gente esté contenta de andar sola y vivir aislada, y no lo contrario.

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