Minientradas

  • Untitled post 9620

    En octubre, Xavier Valcárcel contó algo en Facebook:

    Esta mañana en la parada de la guagua en Loíza, un señor vino desde el otro lado de la calle casi directo a donde mí a preguntarme la hora. Él no me reconoció. O sí, y quizás por eso se acercó. Fue mi maestro de Álgebra en 10 y de Precálculo en 12. El mismo al que le dije en grado 12 que me aceptaron en la Escuela de Arquitectura de la UPR y no me creyó. El mismo que nos dijo “brutos” tantas y tantas veces, que por ratos nos lo creímos. Miré mi celular y le dije. Luego me fijé en que él traía reloj. Entonces dijo: “Vaya, ¿tanto teléfono pa estar a pie? Por eso este país está jodío. Mucho cuponero y poco trabajador”. Yo solo me quedé mirándolo. No estaba solo. Seguido, me reí para no contestarle. Éramos 8 personas esperando la guagua. Nos miró a todos. Conmigo se tardó un poco más.

    Recuerdo que lo leí en una fila de dos horas en la colecturía de Hato Rey y le di save post inmediatamente. En parte, el contexto que me rodeaba me hacía aún más receptivo a la anécdota. Las filas en oficinas de gobierno en Puerto Rico son lugares de conversación sobre política —pero, por supuesto, de la superficial de siempre, donde cada persona repite clichés de “analistas” de la radio y reitera formas simplistas y agujereadas de imaginar el resto del mundo, muchas basadas en anécdotas mal recordadas de algún familiar que ha vivido fuera de la Isla.

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  • La gente siempre en los artículos relacionados con el PAN: «Lo que tienen que hacer es ponerse a trabajar. ¿Por qué no se ponen a sembrar? He visto que siempre están buscando gente para eso y parece que nadie quiere. No tienen incentivo por el mantengo».

    Este hombre: «Yo busco trabajo por todas partes, he sembrado hasta café y la paga es una miseria que no da para salir del PAN». 

    Tipo de abajo: «Esas son excusas baratas, ¿por qué no te has puesto a estudiar? Eso de seguro te va a ayudar, lo sé porque yo conozco ingenieros que hacen lo contrario de lo que estudiaron». 

    (¿En serio no ve la ironía? ¿Y en serio la gente no entiende que no todo el mundo tiene las circunstancias para ponerse a estudiar?)

    (Me da curiosidad eso de un ingeniero que hace lo contrario de lo que estudió. ¿Está haciendo demoliciones?)

  • Esto viene de Humans of la iupi:

    https://www.facebook.com/HOUPRRP/posts/1662848340647209:0

    En este intercambio están resumidas todas las instancias en que un bocón sabelotodo le explica a alguien que sus problemas/pobreza son culpa suya porque debió hacer esto o lo otro, sin saber de qué está hablando. Pero, más que el hecho de que esta persona hablara sin saber, me llama la atención que su sugerencia sea tan obvia y lógica: si el primer piso se inundaba, debieron dejar las cosas importantes arriba siempre, es obvio, hay que ser bien bruto para no pensar en eso…

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  • Este mes se cumple el décimo aniversario de la muerte de Rosa Parks.

    Hace un tiempo, leí a alguien comentar que Parks ni siquiera pretendía un gran acto de resistencia, que solo era una doñita que no quería moverse de su asiento porque estaba cansada. La persona no lo decía de mala manera, sino como una ironía cómica. Al mismo tiempo, supongo que no se puede admirar mucho a una persona que logra su contribución histórica por un ups, a lo Forrest Gump.

    Porque este mito pinta a Parks, no como una activista y revolucionaria, sino como una mujer que no entendía lo que hacía o no le importaban los aspectos políticos, a pesar de ser una mujer negra en Alabama en plena era de segregación. Y luego, además, deja a los hombres del movimiento, los que le consiguieron atención mediática al arresto de Parks, como los verdaderos catalizadores.

    La propagación de esta versión se debe, en parte, a la conveniencia de que “limpia” la figura de Parks: permite aceptar en las escuelas una versión inocente y simpática de su historia, sin tener que reconocer la desobediencia consciente de la ley y rebelión contra el poder que conllevaron sus acciones. Se prefiere la doñita cansada a la activista, la mujer que era miembro de la NAACP e incluso secretaria de la organización en su pueblo, y ni siquiera era una «doña». En palabras de Rosa Parks:

    “People always say that I didn’t give up my seat because I was tired, but that isn’t true. I was not tired physically, or no more tired than I usually was at the end of a working day. I was not old, although some people have an image of me as being old then. I was forty-two. No, the only tired I was, was tired of giving in”.

  • Hace unos días me levanté pensando en que el silencio y la distancia nunca en toda la historia habían comunicado tanto. Obvio, porque mientras más fácil se vuelve comunicarse —cuando gastamos tantas palabras a diario en mensajes de texto y Facebook y todo lo demás, cuando estamos disponibles por tantos canales—, más peso y significado adquiere la negación de la palabra o de la presencia.

    Además, la carta sin responder, el mensaje ignorado en la contestadora, el email sin respuesta, todos dejaban posibilidad de error; las cartas se pierden, las contestadoras se borran por accidente, los mensajes se filtran con el spam. Pero la tecnología va eliminando esas incertidumbres hasta que no hay margen de error. Y así, creo, ningún silencio hasta ahora había sido tan rotundo y elocuente como el «Visto» o «Seen» solitario cuando se espera una respuesta.

    Me pregunto si el futuro podría inventar silencios más fuertes. No sé, tal vez nos comunicaremos telepáticamente, y podamos sentir exactamente el momento en que una persona literalmente nos saca de su mente.

  • Admiro a esas personas para quienes cualquiera que no piense como ellos se está emperrando en contrariar por joder, para quienes cualquiera que hace algo de otra manera solo quiere ser diferente para llamar la atención. Envidio esa seguridad que da por sentado que el estado natural del ser humano es pensar y ser como tú, y cualquier divergencia es un invento, una afectación para sobresalir. Que tu voluntad es la dirección natural de las cosas, que tus deseos están impulsados por una fuerza tan natural como la gravedad y solo se pueden contrarrestar con algún esfuerzo consciente, y nunca es que simplemente otros tienen sus propias preferencias, deseos, gustos y metas porque eso es ser una persona.

  • Isabel Batteria escribe en su blog, Nada del Mundo Real:

    Tengo dos medio hermanos, quienes tienen, a su vez, dos medio hermanos además de mí: mi papá tuvo a Annmarie y Vincent con una mujer, luego a mí con mi mamá. La madre de A y V luego tuvo con otro hombre a Jason y Justin. (Con ellos no comparto ni una gota de sangre, y he visto a sólo uno de ellos una vez en mi vida, pero me da gracia de qué forma estamos unidos en el “network”.)

    Hoy me di cuenta de que la madre de mis medio hermanos, después de divorciarse de Batteria, se casó con un tal Drum. Al principio pensé que era un chiste, pero no: el papá de Jason y Justin se apellida Drum. Lo que todavía no sé es si habrá sido a propósito.

    Lo sumo a mi archivo de Realismo inverosímil.

  • Untitled post 3584

    Ella me enseñaba una alcancía que su mamá le compró en Nueva York hace diecisiete años. Era una alcancía mágica. Dentro del cubo hay una esfera dorada suspendida en el aire; le echaba cambio y cambio sin que cambiara el paisaje cúbico, sólo el mismo globo flotante y solitario tras la ventana, como si la ranura fuera el lado ancho de un hoyo negro, y el dinero se depositara en el bolsillo de la realidad. Cuando termina la demostración, se ríe de mi cara de asombro. No puedo evitarlo, la verdad es que la alcancía me parece una maravilla. Ella dice, como si fuera lo más elemental del mundo, que es un juego de espejos, y que se nota si miras a través de la ventana desde ciertos ángulos. Asombrado, le doy vueltas al cubo; lo invierto, lo elevo, lo giro todos los grados, lo pongo bajo la luz amarilla de una lámpara, fuerzo la vista, pero no veo nada delator.

    No sé nada de trucos chinos ni de ilusiones ópticas. Quería coger la alcancía y llevármela a fiestas, estaba seguro de que la gente se reiría y le aplaudiría, que a todo el mundo le entusiasmaría como a mí. En ese momento, me sentí tristemente identificado con la alcancía, la alcancía me definía y me resumía —22 años y no sé un carajo, y me impresionan estas cosas, me impresiona esta alcancía de fondo falso.

  • Cada cuantos meses me dispongo a buscar cosas para botar. Creo que lo hago para que un día no se me haga difícil hacerlo. También porque se ha vuelto una compulsión tan imperante como la de guardar.

    Hay una gradación en el guardar y botar, una medición del tiempo. Mantengo a mano lo que me puede servir ahora. Cada cierto tiempo reevalúo y decido si entre los objetos y la papelería de mi escritorio hay algo que ya cayó en la superfluidad, que debe ir a un clóset o, mejor, al zafacón. Cada vez quiero más verlo todo en la basura, así que abro cajas del clóset y filtro desde ahí también. Todo mi cuarto está en una paciente marcha fúnebre hacia la basura. Los objetos juegan sillita musical.

    Ayer barajeaba fotos, recuerdos de gente, y no entendía por qué había tomado ninguna. Las saqué todas de los álbumes y las reemplacé por unas más nuevas, no de personas sino de espacios. Los papeles me hablan de ideas y notas que nunca usé y que ya no me importan. Encuentro cuentos y poemas que no recuerdo haber escrito. Esos los guardo, porque quizás algún día los querré, o los usaré para reírme de mí mismo, pero por ahora no los quiero mirar, ni los quiero cerca, así que van a sobres en cajas en clóset. También es un afán de orden lo que me mueve. Si lo echo todo a la basura, no vengo arrastrando nada, peso menos.

    A veces me sorprende lo poco que me identifico con la persona que reconozco en todos estos objetos, pero más me sorprendo cuando encuentro algo en común con él; cuando de repente, como saludándome desde lejos, me reconozco en algo que escribí o guardé.

  • Una de las mejores sensaciones extranaturales es la de cerrar el círculo. Es esa impresión de que, al final de cualquiera de las etapas vitales que marcamos a lo loco, diferentes elementos del comienzo se han repetido, complementado o posicionado de cierta manera para hacernos sentir un closure, como si de alguna forma nos estuviéramos encontrando otra vez con el punto de partida, y rebasándolo. Es un concepto un poco romanticón y cursi, y quizás buscamos esas señales porque queremos demasiado que la vida sea literaria o interesante. Esos momentos de cierre de círculo son los que frecuentemente nos dan la ilusión (equivocada, creo) de que algunas cosas debieron ser. Vuelves a un lugar justo al final, te reencuentras con alguien, se repite un evento, algo sucede que estabas esperando…

    Cuando tenía como 15 años, me crucé con la cita «Buenas salenas cronopio cronopio». Me pareció extraña y divertida, pero no tenía idea de dónde venía —descubrí a Cortázar tardíamente, en primer año de universidad—. Entonces iba a donde mi hermano Carlos algunas veces y le decía, «Buenas salenas, cronopio cronopio», y a él le parecía más desconcertante todavía, claro, pero no quería decirle de dónde me había sacado eso, hasta que un día le admití que no sabía.

    Cuando leí a Cortázar por fin, se volvió uno de mis favoritos aun antes de que asociara su libro Historias de cronopios y de famas con la frase. En algún momento había comprado el libro entre otro montón de obras de Cortázar, pero todavía no había llegado a él. Entonces un día se me encendió la bombilla estúpidamente y busqué el libro a la prisa, como si de eso dependiera algo importante. Fue una de esas veces en que uno quiere una página particular de un libro y por casualidad lo abre en ella; metí el dedo al azar y ahí vi la frase, esperándome: «Buenas salenas cronopio cronopio». Se lo llevé a Carlos. Ya para eso le había hablado de Cortázar y le había prestado un libro suyo, él sabía que era de mis favoritos, y cuando vio lo que le enseñé, el misterio por fin resuelto, me dijo, «Diablo, esto es full circle«.