Notas

  • Hace unos días vi una publicación en internet en que una persona hablaba de que se sentía sola. Y aunque obviamente empaticé con su desahogo, algo que me partió el corazón más aún fue la predecible necesidad de excusarse y justificarse aclarando que, en realidad, a ella normalmente le gusta la soledad.

    Siempre me había preguntado por qué es tan difícil hablar de la soledad, no solo en el sentido de que es un tema delicado y que avergüenza a la gente, sino de que literalmente es difícil plantearlo sin que la gente te responda sobre otra cosa creyendo que te hablan de lo mismo. En la internet, cuando alguien habla de la soledad como algo negativo (como un problema personal o como la crisis de salud pública que es) rápido llegan las personas que comentan que a ellos personalmente les encanta la soledad, y el problema es que la gente no sabe estar sola. Lo tratan como una falta de los jóvenes de hoy o algo así (culpa de los celulares y las redes sociales, de seguro), como si lo normal históricamente fuera el individualismo y que la gente esté contenta de andar sola y vivir aislada, y no lo contrario.

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  • Untitled post 9620

    En octubre, Xavier Valcárcel contó algo en Facebook:

    Esta mañana en la parada de la guagua en Loíza, un señor vino desde el otro lado de la calle casi directo a donde mí a preguntarme la hora. Él no me reconoció. O sí, y quizás por eso se acercó. Fue mi maestro de Álgebra en 10 y de Precálculo en 12. El mismo al que le dije en grado 12 que me aceptaron en la Escuela de Arquitectura de la UPR y no me creyó. El mismo que nos dijo “brutos” tantas y tantas veces, que por ratos nos lo creímos. Miré mi celular y le dije. Luego me fijé en que él traía reloj. Entonces dijo: “Vaya, ¿tanto teléfono pa estar a pie? Por eso este país está jodío. Mucho cuponero y poco trabajador”. Yo solo me quedé mirándolo. No estaba solo. Seguido, me reí para no contestarle. Éramos 8 personas esperando la guagua. Nos miró a todos. Conmigo se tardó un poco más.

    Recuerdo que lo leí en una fila de dos horas en la colecturía de Hato Rey y le di save post inmediatamente. En parte, el contexto que me rodeaba me hacía aún más receptivo a la anécdota. Las filas en oficinas de gobierno en Puerto Rico son lugares de conversación sobre política —pero, por supuesto, de la superficial de siempre, donde cada persona repite clichés de “analistas” de la radio y reitera formas simplistas y agujereadas de imaginar el resto del mundo, muchas basadas en anécdotas mal recordadas de algún familiar que ha vivido fuera de la Isla.

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  • La gente siempre en los artículos relacionados con el PAN: «Lo que tienen que hacer es ponerse a trabajar. ¿Por qué no se ponen a sembrar? He visto que siempre están buscando gente para eso y parece que nadie quiere. No tienen incentivo por el mantengo».

    Este hombre: «Yo busco trabajo por todas partes, he sembrado hasta café y la paga es una miseria que no da para salir del PAN». 

    Tipo de abajo: «Esas son excusas baratas, ¿por qué no te has puesto a estudiar? Eso de seguro te va a ayudar, lo sé porque yo conozco ingenieros que hacen lo contrario de lo que estudiaron». 

    (¿En serio no ve la ironía? ¿Y en serio la gente no entiende que no todo el mundo tiene las circunstancias para ponerse a estudiar?)

    (Me da curiosidad eso de un ingeniero que hace lo contrario de lo que estudió. ¿Está haciendo demoliciones?)

  • Esto viene de Humans of la iupi:

    https://www.facebook.com/HOUPRRP/posts/1662848340647209:0

    En este intercambio están resumidas todas las instancias en que un bocón sabelotodo le explica a alguien que sus problemas/pobreza son culpa suya porque debió hacer esto o lo otro, sin saber de qué está hablando. Pero, más que el hecho de que esta persona hablara sin saber, me llama la atención que su sugerencia sea tan obvia y lógica: si el primer piso se inundaba, debieron dejar las cosas importantes arriba siempre, es obvio, hay que ser bien bruto para no pensar en eso…

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  • A una joven la violan, ella reporta el crimen, hay buena evidencia, la investigación va bien. Y entonces una duda sembrada por conocidas de la víctima hace que la policía dude de ella también, y la interroguen hasta que dice que todo fue mentira. La convierten en una paria de su comunidad, la llevan a corte, la hacen pagar de varias formas. Pero sí la habían violado.

    El reportaje de This American Life es una buena examinación de cómo el sistema de justicia con frecuencia fracasa gracias a la ignorancia y los prejuicios de las personas; en este caso, debido a muchos mitos que hacen a la gente dudar de las víctimas de violación, presunciones que no se sustentan sobre cómo deben actuar las personas o cómo deberían actuar las víctimas, que a veces son equivocadas por el sencillo hecho de que no todo el mundo responde igual a las cosas.

    De hecho, este error se ve también en cualquier tipo de caso criminal en que alguien dice «Me pareció sospechoso que hiciera x en vez de y», «No confío en él porque si me hubiera pasado lo que dice yo hubiera blablabla», y cualquier tontería así. Cuando uno lee sobre casos de personas inocentes acusadas de crímenes, por ejemplo, encuentra muchas citas de testigos, jurados y policías que se dejaron llevar por esas estupideces que no se sostienen.

  • Este mes se cumple el décimo aniversario de la muerte de Rosa Parks.

    Hace un tiempo, leí a alguien comentar que Parks ni siquiera pretendía un gran acto de resistencia, que solo era una doñita que no quería moverse de su asiento porque estaba cansada. La persona no lo decía de mala manera, sino como una ironía cómica. Al mismo tiempo, supongo que no se puede admirar mucho a una persona que logra su contribución histórica por un ups, a lo Forrest Gump.

    Porque este mito pinta a Parks, no como una activista y revolucionaria, sino como una mujer que no entendía lo que hacía o no le importaban los aspectos políticos, a pesar de ser una mujer negra en Alabama en plena era de segregación. Y luego, además, deja a los hombres del movimiento, los que le consiguieron atención mediática al arresto de Parks, como los verdaderos catalizadores.

    La propagación de esta versión se debe, en parte, a la conveniencia de que “limpia” la figura de Parks: permite aceptar en las escuelas una versión inocente y simpática de su historia, sin tener que reconocer la desobediencia consciente de la ley y rebelión contra el poder que conllevaron sus acciones. Se prefiere la doñita cansada a la activista, la mujer que era miembro de la NAACP e incluso secretaria de la organización en su pueblo, y ni siquiera era una «doña». En palabras de Rosa Parks:

    “People always say that I didn’t give up my seat because I was tired, but that isn’t true. I was not tired physically, or no more tired than I usually was at the end of a working day. I was not old, although some people have an image of me as being old then. I was forty-two. No, the only tired I was, was tired of giving in”.

  • Hace unos días me levanté pensando en que el silencio y la distancia nunca en toda la historia habían comunicado tanto. Obvio, porque mientras más fácil se vuelve comunicarse —cuando gastamos tantas palabras a diario en mensajes de texto y Facebook y todo lo demás, cuando estamos disponibles por tantos canales—, más peso y significado adquiere la negación de la palabra o de la presencia.

    Además, la carta sin responder, el mensaje ignorado en la contestadora, el email sin respuesta, todos dejaban posibilidad de error; las cartas se pierden, las contestadoras se borran por accidente, los mensajes se filtran con el spam. Pero la tecnología va eliminando esas incertidumbres hasta que no hay margen de error. Y así, creo, ningún silencio hasta ahora había sido tan rotundo y elocuente como el «Visto» o «Seen» solitario cuando se espera una respuesta.

    Me pregunto si el futuro podría inventar silencios más fuertes. No sé, tal vez nos comunicaremos telepáticamente, y podamos sentir exactamente el momento en que una persona literalmente nos saca de su mente.

  • Quizá esto no me tenga sentido después, pero cuando me encontraba tratando de descifrar la ducha en la casa de mi cuñado, en ese proceso de girar poco a poco la llave e ir sintiendo el agua con la mano, tratando de descubrir y modular el temperamento particular de este calentador, de repente me pareció que en esos movimientos tentativos se resumen visualmente todos los gestos de acostumbrarme a un lugar extraño, de tratar de sentirme cómodo en un espacio ajeno. O al menos eso fue lo que pensé parado ahí, metiendo la mano en el agua desde el borde de la ducha, cosa de que no vaya a caerme de repente una cascada de agua helada si hago algo mal.

  • «Para mí que esto es Santurce»,  nos dice la agente de bienes raíces en el lobby de un edificio al borde de la Baldorioty, «pero en la oficina me dijeron que dijera que es Condado».

  • La cajera del To Go siempre me pregunta, estás seguro que no quieres ponerle bolsa doble, si yo fuera tú le pondría bolsa doble. Y yo siempre le digo, no, la bolsa sola llega hasta mi casa. Pero a pesar de que hemos tenido esta conversación antes y sé que llega, siempre me pregunto, ¿llegará? Miro la bolsa y me la imagino rompiéndose y mi comprita cayéndose bajo la lluvia, quizá todavía empezando el camino, frente a los hipsters que beben cerveza frente al To Go, o a mitad, frente a la vitrina de Basilia’s y toda la gente que está comiendo ahí. ¿Y por qué en mi imaginación la bolsa tiene que romperse frente a gente, como si lo peor, si ocurriera, fuera que otros lo vean?

    Todo esto es metáfora de algo pero no sé de qué.