Estatus

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    Teníamos un vuelo a Puerto Rico desde Baltimore. Cuando compramos boletos de Amtrak para llegar al aeropuerto de Baltimore, me preguntaba cómo era posible que el viaje fuera a tardar hora y media, más de lo que toma en carro. No tengo mucha experiencia con viajar en tren; ¿de veras las paradas añadían tanto?

    Poco después de salir de la estación de Alexandria, en Union Station en D. C., estaba la respuesta. De repente se apagó todo el tren y nos quedamos a oscuras. Pasaron 15, 20 minutos y el tren parecía paralizado allí. Nos estábamos riendo; dije que tal vez DOGE acababa de cortar los fondos de Amtrak. Un empleado nos hizo un chiste sobre la situación así que aproveché para preguntarle si era normal. Nos explicó que sí porque en D. C. el tren cambia a una locomotora eléctrica.

    Nos señaló, a través de la ventana y arriba, el cable eléctrico . “El tren es diésel en el Sur y eléctrico en el Norte”, nos dijo.

  • Quizá esto no me tenga sentido después, pero cuando me encontraba tratando de descifrar la ducha en la casa de mi cuñado, en ese proceso de girar poco a poco la llave e ir sintiendo el agua con la mano, tratando de descubrir y modular el temperamento particular de este calentador, de repente me pareció que en esos movimientos tentativos se resumen visualmente todos los gestos de acostumbrarme a un lugar extraño, de tratar de sentirme cómodo en un espacio ajeno. O al menos eso fue lo que pensé parado ahí, metiendo la mano en el agua desde el borde de la ducha, cosa de que no vaya a caerme de repente una cascada de agua helada si hago algo mal.

  • «Para mí que esto es Santurce»,  nos dice la agente de bienes raíces en el lobby de un edificio al borde de la Baldorioty, «pero en la oficina me dijeron que dijera que es Condado».

  • La cajera del To Go siempre me pregunta, estás seguro que no quieres ponerle bolsa doble, si yo fuera tú le pondría bolsa doble. Y yo siempre le digo, no, la bolsa sola llega hasta mi casa. Pero a pesar de que hemos tenido esta conversación antes y sé que llega, siempre me pregunto, ¿llegará? Miro la bolsa y me la imagino rompiéndose y mi comprita cayéndose bajo la lluvia, quizá todavía empezando el camino, frente a los hipsters que beben cerveza frente al To Go, o a mitad, frente a la vitrina de Basilia’s y toda la gente que está comiendo ahí. ¿Y por qué en mi imaginación la bolsa tiene que romperse frente a gente, como si lo peor, si ocurriera, fuera que otros lo vean?

    Todo esto es metáfora de algo pero no sé de qué.

  • Mi abuelo estuvo en el desembarco de Normandía. Él hablaba sobre bajarse de uno de esos botes y tener que seguir moviéndose mientras a su alrededor veía a otros soldados, incluso amigos suyos, caer, sabiendo que la única razón por la que todavía no lo había cogido una bala era por azar. Para mí siempre ha sido una imagen bastante concisa de lo horrible que es la guerra. Pero también, como al final es difícil no relacionarlo con uno (¿o soy yo nada más?), siempre me ha hecho pensar en lo azaroso que es que yo exista.

  • Me gusta retomar algo después de cuatro años y encontrar notas que me dejé que me ayudan a ubicarme, que me recuerdan dónde estaba todo y me sugieren lo próximo que debo hacer. Creo que el Áxel de 2009 era un tipo bien considerado.

    Lo triste es que, aunque es más joven, es más considerado que el Áxel de hace una semana, que siempre me está dejando parte de su trabajo a mí. Ese tipo me cae mal.

  • Como estaba lloviendo, Isabel le ofreció pon en el Walgreens de la Loíza a una viejita que iba a la Diez de Andino. De camino nos cuenta que pensaba ir a casa de su hermana en Bayamón, pero como no quiere guiar allá bajo la lluvia, va a decirle a su hermana que la ve el sábado o el domingo. Dice que no le gusta ir a Bayamón, que no le gusta Bayamón. Nos reímos. “No me gusta ni el nombre: Ba-ya-MÓN”, dice, poniendo énfasis en la última sílaba.

  • Anoche tarde, mientras trataba de dormirme, me acordé de la breve cosa que hubo como a mediados o principios de los 2000 de las personas que vivían en casas de cristal, y recibían un premio si aguantaban un mes viviendo así, observados en todo momento. Pensaba en eso anoche, y no estaba seguro si era verdad o me lo había inventado y lo había confundido con la realidad, quizás sacando elementos de algo que leí o que vi en una película, hasta que hoy pude preguntarle a Isa y me confirmó que sí, aunque parezca una metáfora barata de algo, eso pasó en la vida real.

  • Tendría una amistad perfecta con alguien que me dejara preguntar todas las preguntas extrañas que se me ocurran o que saque de un tarjetero.

  • Hace años trabajaba en la librería CastleBooks, que solía estar al lado del salón de belleza de Magali Febles (por si algún día este blog no sólo lo leyera alguien, sino que lo leyeran extranjeros: es una estilista localmente famosa por su trabajo en los concursos de Miss Puerto Rico). Un día entró ella misma buscando un libro para regalar, pero insistió en que no quería saber nada de la trama ni del autor ni de la crítica. Sólo quería, decía, un libro que tuviera una portada bonita.

    No hay más nada que decir. Que una persona reconocida por su trabajo con la belleza literalmente juzgara un libro por su cubierta, literalmente comprara un libro por su portada, siempre me ha parecido demasiado perfecto. Quisiera que todo en la vida fuera así.