Comencé el 1 de enero con un positivo en una prueba de COVID.
Durante esa primera semana del año con COVID, pensé otra vez en la desfamiliarización. De vez en cuando recuerdo, de mi clase de Teoría Literaria de bachillerato, la idea de que la condición del convaleciente es la ideal para ver el mundo con una mirada fresca, con un sentido de extrañamiento o con ojos de niño. Se comparaba con el recién recuperado al flaneûr, el caminante y observador de la multitud, y al poeta.
Había pensado en lo mismo hace un par de años, cuando tuve tendinitis en el hombro izquierdo. Pasé unos días en que no podía mover el brazo izquierdo sin sentir un dolor intenso, ni mover el derecho sin asegurarme de mantener el otro lo más quieto posible. De repente me sentía como mi propio reflejo, haciéndolo todo con la mano opuesta, y con cada experiencia convertida en un simulacro, una copia degradada de la realidad. A menudo la desfamiliarización no empieza cuando se reemerge en el mundo, sino durante la enfermedad. En aquel momento, comenzó con el extrañamiento de tener que acercarme a muchas acciones básicas como un extraterrestre impostor, con extrema conciencia de estar en mi cuerpo y de cada movimiento que hacía, reaprendiendo a manejarlo, lastimándome muchas veces. Durante esos días de tanteo, sin poder sentir verdadera paz en ningún momento, durmiendo sentado para comoquiera despertar con dolor, no dejaba de pensar en lo bien que se sentiría recuperar el uso de mi cuerpo, tener dos brazos que pudiera mover sin sufrir. En lo placentero que podía ser tener un cuerpo y moverse en general. Fantaseaba con lo mucho que lo apreciaría y disfrutaría —creo que hasta juré que de ahora en adelante estaría más activo, iría al gimnasio, saldría a correr por las tardes.
Leer más








