axelalfaro

  • Extrañamientos

    Extrañamientos

    Comencé el 1 de enero con un positivo en una prueba de COVID.

    Durante esa primera semana del año con COVID, pensé otra vez en la desfamiliarización. De vez en cuando recuerdo, de mi clase de Teoría Literaria de bachillerato, la idea de que la condición del convaleciente es la ideal para ver el mundo con una mirada fresca, con un sentido de extrañamiento o con ojos de niño. Se comparaba con el recién recuperado al flaneûr, el caminante y observador de la multitud, y al poeta.

    Había pensado en lo mismo hace un par de años, cuando tuve tendinitis en el hombro izquierdo. Pasé unos días en que no podía mover el brazo izquierdo sin sentir un dolor intenso, ni mover el derecho sin asegurarme de mantener el otro lo más quieto posible. De repente me sentía como mi propio reflejo, haciéndolo todo con la mano opuesta, y con cada experiencia convertida en un simulacro, una copia degradada de la realidad. A menudo la desfamiliarización no empieza cuando se reemerge en el mundo, sino durante la enfermedad. En aquel momento, comenzó con el extrañamiento de tener que acercarme a muchas acciones básicas como un extraterrestre impostor, con extrema conciencia de estar en mi cuerpo y de cada movimiento que hacía, reaprendiendo a manejarlo, lastimándome muchas veces. Durante esos días de tanteo, sin poder sentir verdadera paz en ningún momento, durmiendo sentado para comoquiera despertar con dolor, no dejaba de pensar en lo bien que se sentiría recuperar el uso de mi cuerpo, tener dos brazos que pudiera mover sin sufrir. En lo placentero que podía ser tener un cuerpo y moverse en general. Fantaseaba con lo mucho que lo apreciaría y disfrutaría —creo que hasta juré que de ahora en adelante estaría más activo, iría al gimnasio, saldría a correr por las tardes.

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  • Untitled post 9076

    Uno de los regalos que me dio Darlene esta Navidad fue una copia enmarcada de esta pintura de Edward Hopper que ha sido la imagen de fondo de mi computadora desde que empezó la pandemia.

    Durante la pandemia vi muchos artículos sobre la soledad acompañados de obras de Hopper e incluso algunos sobre que era el artista que capturaba el espíritu de la cuarentena («Ahora todos somos pinturas de Hopper», y así por el estilo), pero esta pintura me gustaba porque me transmitía lo contrario: no soledad y aislamiento sino el placer de estar en el mundo y estar acompañado. Me recordaba a las sensaciones cálidas de estar almorzando y conversando en un restaurante pequeño con una persona querida. Y por alguna razón, en plena cuarentena, eso en vez de provocarme nostalgia o desesperación me reconfortaba.

    Sé que este es un análisis bastante superficial de una obra de arte, que quizá la reduce a arte de Marshalls, pero, para ser honesto, en Marshalls compramos una pintura que es de mis decoraciones favoritas de nuestra casa.

  • Hace unos días vi una publicación en internet en que una persona hablaba de que se sentía sola. Y aunque obviamente empaticé con su desahogo, algo que me partió el corazón más aún fue la predecible necesidad de excusarse y justificarse aclarando que, en realidad, a ella normalmente le gusta la soledad.

    Siempre me había preguntado por qué es tan difícil hablar de la soledad, no solo en el sentido de que es un tema delicado y que avergüenza a la gente, sino de que literalmente es difícil plantearlo sin que la gente te responda sobre otra cosa creyendo que te hablan de lo mismo. En la internet, cuando alguien habla de la soledad como algo negativo (como un problema personal o como la crisis de salud pública que es) rápido llegan las personas que comentan que a ellos personalmente les encanta la soledad, y el problema es que la gente no sabe estar sola. Lo tratan como una falta de los jóvenes de hoy o algo así (culpa de los celulares y las redes sociales, de seguro), como si lo normal históricamente fuera el individualismo y que la gente esté contenta de andar sola y vivir aislada, y no lo contrario.

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  • Víctimas con nombre

    Víctimas con nombre

    En los últimos días de enero, cuando Trump acaba de asentarse en la Casa Blanca y las alusiones al nazismo en los medios sociales habían subido exponencialmente, visité el Museo de Recordación del Holocausto de Estados Unidos dos veces.

    El Museo del Holocausto es un museo sobre la empatía. El tema se repite, explícito e implícito, por todas las exhibiciones. La librería al salir está llena de títulos sobre la empatía y sobre la deshumanización. De hecho, todo el recorrido de la exhibición principal funciona como un experimento sobre la creación de empatía: en el vestíbulo, cada visitante agarra un librito, una “tarjeta de identidad” que cuenta la historia de una persona real durante el holocausto. Los libros están divididos en figuras masculinas y femeninas, para que cada visitante escoja a una persona de su género.

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  • La narración y la persuasión

    La narración y la persuasión

    «No leas los comentarios” se ha vuelto un consejo vital no solo porque los comentadores suelen representar a una parte de la población ignorante y llena de odios y prejuicios, sino porque sugieren que todo es fútil.

    ¿Por qué toda la evidencia, los datos, no sirven de nada? El año pasado esta pregunta se puso de moda internacionalmente, primero con el “Brexit” y luego con la elección de Donald Trump. En ambos se vio la autocomplacencia y, luego, el fracaso de un grupo seguro de que tenía a su favor todos los datos, los expertos, la razón, sin ocurrírsele que una parte de la población o no estaba enterada de nada o había estado leyendo todo lo opuesto.

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  • Untitled post 9620

    En octubre, Xavier Valcárcel contó algo en Facebook:

    Esta mañana en la parada de la guagua en Loíza, un señor vino desde el otro lado de la calle casi directo a donde mí a preguntarme la hora. Él no me reconoció. O sí, y quizás por eso se acercó. Fue mi maestro de Álgebra en 10 y de Precálculo en 12. El mismo al que le dije en grado 12 que me aceptaron en la Escuela de Arquitectura de la UPR y no me creyó. El mismo que nos dijo “brutos” tantas y tantas veces, que por ratos nos lo creímos. Miré mi celular y le dije. Luego me fijé en que él traía reloj. Entonces dijo: “Vaya, ¿tanto teléfono pa estar a pie? Por eso este país está jodío. Mucho cuponero y poco trabajador”. Yo solo me quedé mirándolo. No estaba solo. Seguido, me reí para no contestarle. Éramos 8 personas esperando la guagua. Nos miró a todos. Conmigo se tardó un poco más.

    Recuerdo que lo leí en una fila de dos horas en la colecturía de Hato Rey y le di save post inmediatamente. En parte, el contexto que me rodeaba me hacía aún más receptivo a la anécdota. Las filas en oficinas de gobierno en Puerto Rico son lugares de conversación sobre política —pero, por supuesto, de la superficial de siempre, donde cada persona repite clichés de “analistas” de la radio y reitera formas simplistas y agujereadas de imaginar el resto del mundo, muchas basadas en anécdotas mal recordadas de algún familiar que ha vivido fuera de la Isla.

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  • “Sociólogos de pacotilla”

    “Sociólogos de pacotilla”

    En El Nuevo Día, Arys Rodríguez Andino entrevista a tres investigadores para desmentir directamente punto por punto todos los clichés y mitos que la gente repite en los comentarios cuando se habla de pobreza. Un sociólogo, un economista y una profesora de trabajo social usan datos y argumentos lógicos: las ayudas no dan para vivir, la gente quiere trabajar pero no encuentra trabajo, o sí trabaja pero “sigue bajo el nivel de pobreza porque el salario no es suficiente para salir de ahí”.

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  • La negación de la pobreza

    La negación de la pobreza

    En El Nuevo Día, Gloria Ruiz Kuilan escribe sobre las dificultades de las madres solteras que reciben el PAN. En el primer comentario, alguien pregunta si sería justo que se les multiplicaran las ayudas a estas personas que no trabajan. (Una de las madres entrevistadas trabaja limpiando habitaciones en un hotel, y la otra, en un restaurante de comida china).

    En el segundo comentario, la misma persona añade que si van a darles las ayudas, al menos deberían hacer un grado asociado o bachillerato. (Una de las entrevistadas tiene un grado asociado en ciencias de enfermería, y la otra, un bachillerato en Justicia Criminal).

    Más abajo, otra persona dice que una de las entrevistadas está gordita porque come mucha comida rápida, que debe comer saludable. (Alguien le señala que comer saludable es más caro). Otra persona que tampoco leyó el artículo comenta: “¿Si yo no me preparo profesionalmente y me va mal […], la vida es injusta?”, y asegura que las cosas salen bien cuando te educas.

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  • La gente siempre en los artículos relacionados con el PAN: «Lo que tienen que hacer es ponerse a trabajar. ¿Por qué no se ponen a sembrar? He visto que siempre están buscando gente para eso y parece que nadie quiere. No tienen incentivo por el mantengo».

    Este hombre: «Yo busco trabajo por todas partes, he sembrado hasta café y la paga es una miseria que no da para salir del PAN». 

    Tipo de abajo: «Esas son excusas baratas, ¿por qué no te has puesto a estudiar? Eso de seguro te va a ayudar, lo sé porque yo conozco ingenieros que hacen lo contrario de lo que estudiaron». 

    (¿En serio no ve la ironía? ¿Y en serio la gente no entiende que no todo el mundo tiene las circunstancias para ponerse a estudiar?)

    (Me da curiosidad eso de un ingeniero que hace lo contrario de lo que estudió. ¿Está haciendo demoliciones?)

  • Esto viene de Humans of la iupi:

    https://www.facebook.com/HOUPRRP/posts/1662848340647209:0

    En este intercambio están resumidas todas las instancias en que un bocón sabelotodo le explica a alguien que sus problemas/pobreza son culpa suya porque debió hacer esto o lo otro, sin saber de qué está hablando. Pero, más que el hecho de que esta persona hablara sin saber, me llama la atención que su sugerencia sea tan obvia y lógica: si el primer piso se inundaba, debieron dejar las cosas importantes arriba siempre, es obvio, hay que ser bien bruto para no pensar en eso…

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