Ensayos

  • Víctimas con nombre

    Víctimas con nombre

    En los últimos días de enero, cuando Trump acaba de asentarse en la Casa Blanca y las alusiones al nazismo en los medios sociales habían subido exponencialmente, visité el Museo de Recordación del Holocausto de Estados Unidos dos veces.

    El Museo del Holocausto es un museo sobre la empatía. El tema se repite, explícito e implícito, por todas las exhibiciones. La librería al salir está llena de títulos sobre la empatía y sobre la deshumanización. De hecho, todo el recorrido de la exhibición principal funciona como un experimento sobre la creación de empatía: en el vestíbulo, cada visitante agarra un librito, una “tarjeta de identidad” que cuenta la historia de una persona real durante el holocausto. Los libros están divididos en figuras masculinas y femeninas, para que cada visitante escoja a una persona de su género.

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  • La narración y la persuasión

    La narración y la persuasión

    «No leas los comentarios” se ha vuelto un consejo vital no solo porque los comentadores suelen representar a una parte de la población ignorante y llena de odios y prejuicios, sino porque sugieren que todo es fútil.

    ¿Por qué toda la evidencia, los datos, no sirven de nada? El año pasado esta pregunta se puso de moda internacionalmente, primero con el “Brexit” y luego con la elección de Donald Trump. En ambos se vio la autocomplacencia y, luego, el fracaso de un grupo seguro de que tenía a su favor todos los datos, los expertos, la razón, sin ocurrírsele que una parte de la población o no estaba enterada de nada o había estado leyendo todo lo opuesto.

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  • “Sociólogos de pacotilla”

    “Sociólogos de pacotilla”

    En El Nuevo Día, Arys Rodríguez Andino entrevista a tres investigadores para desmentir directamente punto por punto todos los clichés y mitos que la gente repite en los comentarios cuando se habla de pobreza. Un sociólogo, un economista y una profesora de trabajo social usan datos y argumentos lógicos: las ayudas no dan para vivir, la gente quiere trabajar pero no encuentra trabajo, o sí trabaja pero “sigue bajo el nivel de pobreza porque el salario no es suficiente para salir de ahí”.

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  • La negación de la pobreza

    La negación de la pobreza

    En El Nuevo Día, Gloria Ruiz Kuilan escribe sobre las dificultades de las madres solteras que reciben el PAN. En el primer comentario, alguien pregunta si sería justo que se les multiplicaran las ayudas a estas personas que no trabajan. (Una de las madres entrevistadas trabaja limpiando habitaciones en un hotel, y la otra, en un restaurante de comida china).

    En el segundo comentario, la misma persona añade que si van a darles las ayudas, al menos deberían hacer un grado asociado o bachillerato. (Una de las entrevistadas tiene un grado asociado en ciencias de enfermería, y la otra, un bachillerato en Justicia Criminal).

    Más abajo, otra persona dice que una de las entrevistadas está gordita porque come mucha comida rápida, que debe comer saludable. (Alguien le señala que comer saludable es más caro). Otra persona que tampoco leyó el artículo comenta: “¿Si yo no me preparo profesionalmente y me va mal […], la vida es injusta?”, y asegura que las cosas salen bien cuando te educas.

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  • Algunas preguntas sobre el salario mínimo

    Algunas preguntas sobre el salario mínimo

    Con tanta gente que critica el «welfare» porque piensa que la mayoría de los pobres no trabaja ni quiere trabajar, me extraña que el reclamo de un salario mínimo justo no sea más popular. Cuando personas de diferentes clases sociales, partidos políticos e ideologías dicen valorar el trabajo y al trabajador, y aseguran que no odian al pobre sino al vago, se esperaría que todos lucharían por un salario mínimo digno, sobre el nivel de pobreza, para que ninguna persona que trabaja sea pobre, punto. 

    Sé que una reacción común contra esta idea es indignación de que alguien en un trabajo que solo requiere un cuarto año o menos pueda ganar casi lo mismo que alguien que estudió varios años para prepararse para su carrera. (Y en Puerto Rico, por ejemplo, muchos empleos profesionales y técnicos no devengan salarios muy encima del nivel de pobreza). Reconozco que hay otras objeciones a aumentar el salario mínimo, pero quiero discutir esa queja.

    Si no quieres que el sueldo mínimo alcance el tuyo, entonces tienes que ganar más. Para eso, siempre se sugiere que estudies más, que hagas una maestría, un doctorado o una segunda concentración en algo más lucrativo. ¿Por qué no? ¿Será porque conoces gente con más grados que tú que está jodida de todos modos? ¿O porque tus circunstancias económicas o de vida actuales no te lo permiten? ¿O porque sencillamente no te interesa estudiar más: te costó mucho estudiar lo que estudiaste, prefieres aprender de otras maneras y/o la academia o especializarte así no son lo tuyo?

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  • El privilegio de la especificidad

    El privilegio de la especificidad

    Llevo tiempo notando cuántos reclamos de activistas no son meramente reclamos de visibilidad, sino de especificidad, y cada semana trae noticias que me recuerdan por qué.

    Hablo, por ejemplo, de etiquetas como #iftheygunnedmedown, que utilizaron jóvenes negros estadounidenses para preguntar cuál de dos fotos los representaría si un policía los asesinara. Denunciaban la costumbre de muchos medios de representar a las víctimas negras de la Policía con fotos estereotípicas y descontextualizadas que en el imaginario blanco las identifican como thugs o criminales, en contraste con las imágenes cotidianas, personales y familiares (fotos sonrientes en graduaciones, cumpleaños, bodas…) que suelen acompañar los reportajes sobre víctimas blancas. Es decir, la práctica de omitir más esos retratos que podrían recordarle al público que la víctima era una persona con una vida llena y particular, y quizá no merecía morir en realidad. Más recientemente, el movimiento #SayHerName, que busca crear más conciencia acerca de la violencia que también sufren las mujeres negras a manos de la Policía y otras instituciones del Estado, desde su nombre alude al deseo de reconocer a las mujeres individuales que sufren anónimamente.

    Igualmente, puede decirse que la efectividad de muchos artículos y proyectos «virales» (activistas o no) está en la sorpresa y la fascinación con la especificidad de los demás, con las historias, ideas u opiniones que diferencian a las personas. Por ejemplo, una colección de fotos de personas sin hogar con letreros que dicen un dato «sorprendente» sobre ellos (una mujer que fue a escuela de modelaje, un hombre que habla cuatro idiomas, varios que tienen grados universitarios, etc.), datos que podrían resumirse en: soy una persona como tú, con rasgos y una vida por detrás. Y cuando el blog Humans of New York documentó un viaje internacional con la ONU, los lectores comentaban como sorprendidos de que las personas en países de África y el Oriente Medio cuenten historias sobre mismos, sus hijos, sus padres, como las que cuentan los transeúntes de Nueva York, con el mismo amor y con metas y preocupaciones particulares.

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  • Diarios

    Diarios

    No me gusta la cuestión de mitificar a los escritores y sus procesos, pero sí me interesa el detalle, cuando lo encuentro, de cómo un escritor incorpora o incorporaba a su rutina la escritura a mano, especialmente los diarios y las libretas. Supongo que, aunque me aburren los artículos con detalles supersticiosos sobre la rutina y el «proceso creativo» del escritor, que tratan la escritura como algo místico, sí me interesa lo práctico. En este caso, la relación entre lo que un escritor escribe «para sí», quizá en libretas o en papeles sueltos, y lo que finalmente publica.

    Me parece claro, por ejemplo, que la libreta es una buena herramienta para desarrollar el hábito de escribir diariamente. La distancia que tiene un texto a mano de poder publicarse significa que es, más que cualquier otro, solo para beneficio del autor, el más borrador de los borradores. Por eso asocio la escritura privada con las libretas, a pesar de que nada impide escribir «para uno» en la computadora. Hoy día, con tantas formas de autopublicar, todo texto en pantalla parece destinado a compartirse con gente, a un paso de difundirse; se siente como si hubiera que tomar acción para no publicar algo. Pero las libretas, por esa distancia, facilitan la escritura automática, el fluir del pensamiento, escribir sin pensar tanto en el acto de escribir o en el código mismo. También impiden el perder tiempo editando y reescribiendo, porque es más trabajoso y porque no hay razón para hacerlo. Lo más cercano que tengo a diarios son libretas para este tipo de escritura.

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  • Una gata

    Una gata

    Una noche que se sentía triste, hace unos años, Isabel fue a cazar gatos.

    En aquellos entonces vivía en otro apartamento, en la misma calle donde vivimos ahora. Caminó a una esquina donde suelen congregarse, cerca de unos zafacones, y con un jamón en la mano fue atrayéndolos a su balcón. Por culpa mía, porque soy alérgico, no podemos tener gatos. Su idea, dice, era que vieran dónde vivía, para que pudieran visitarla. Funcionó. Una manada de gatos comenzó a frecuentar el balcón. Siempre que Isabel abría una lata de comida, se materializaban cuatro o cinco.

    En algún momento, otra gata comenzó a aparecerse. No tenía relación con la camada de los zafacones. La apodamos Ponde por razones ilógicas; Ponderosa, en realidad, pero la llamamos así pocas veces antes de abreviarle el nombre.

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  • Primitive Forms of Posting

    Primitive Forms of Posting

    Como cuenta este artículo de The New Yorker, a principios de 1937, una serie de cartas-manifiestos publicados en diferentes periódicos ingleses anunció la fundación de un movimiento llamado “Mass Observation”. La ambigüedad sintáctica del nombre, que no deja claro si se trata de una “Observación de las Masas” o una “Observación Masiva”, es apropiada, porque el proyecto en realidad proponía que las masas observaran a las masas, mantuvieran diarios de sus observaciones, y las enviaran al grupo, en una iniciativa que consideraban hija de “la antropología, la psicología y las ciencias que estudian al hombre”. Los Mass Observers, decían los manifiestos, estudiarían comportamientos y “aspectos de la vida contemporánea” y los comunicarían “a todos los observadores en términos simples, para que pudieran entender su ambiente, y así, constantemente transformarlo”. Le llamaban “an anthropology of ourselves”.

    Más tarde, el movimiento, como suelen hacer todos, comenzó a publicar proclamaciones exageradas: declaró que establecería nuevos criterios de realismo literario, que liberaría a la poesía del control de los profesionales y que, bajo el movimiento, cada persona podría ser como “Courbet frente a su caballete, Cuvier con su cadáver y Humboldt con su continente”. En otras palabras, que lo que antes estaba bajo el dominio de los expertos, ahora estaría al alcance del pueblo, y cada persona podría contribuir lo suyo, ser un artista, un anatomista o un naturalista.

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  • Siete retratos del Siete

    Siete retratos del Siete

    Retrato I: Se titula algo así como «La llegada»

    A la dama que está en la tarima la cubre una estrategia de oscuridad, humo, tela encogida y reguetón. A mi grupo, por su componente femenino, le han buscado una ubicación protegida; por esa fortuna nos ha tocado cerca de los camerinos de las bailarinas. Al reguetón lo interrumpen intervenciones esporádicas e ininteligibles de la voz divina. El momento gatea y me impacienta la vaguedad de todo, la falsedad natural de película vista mil veces.

    Dios lo sabe todo, sabe lo que llevo tiempo esperando, y al rato comienza a preguntar, ¿Quiénes quieren chocha?

    Respuesta del coro: Todo el mundo quiere chocha.

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