Archivo 2005-2020

He escrito notas y ensayos cortos en internet desde 2005, primero solo en blogs, luego también en redes sociales. Por diferentes razones, estas entradas se sienten distantes. Quería empezar un blog nuevo sin seguir arrastrándolas, pero no quería borrarlas, así que las colecciono aquí.

  • El privilegio de la especificidad

    El privilegio de la especificidad

    Llevo tiempo notando cuántos reclamos de activistas no son meramente reclamos de visibilidad, sino de especificidad, y cada semana trae noticias que me recuerdan por qué.

    Hablo, por ejemplo, de etiquetas como #iftheygunnedmedown, que utilizaron jóvenes negros estadounidenses para preguntar cuál de dos fotos los representaría si un policía los asesinara. Denunciaban la costumbre de muchos medios de representar a las víctimas negras de la Policía con fotos estereotípicas y descontextualizadas que en el imaginario blanco las identifican como thugs o criminales, en contraste con las imágenes cotidianas, personales y familiares (fotos sonrientes en graduaciones, cumpleaños, bodas…) que suelen acompañar los reportajes sobre víctimas blancas. Es decir, la práctica de omitir más esos retratos que podrían recordarle al público que la víctima era una persona con una vida llena y particular, y quizá no merecía morir en realidad. Más recientemente, el movimiento #SayHerName, que busca crear más conciencia acerca de la violencia que también sufren las mujeres negras a manos de la Policía y otras instituciones del Estado, desde su nombre alude al deseo de reconocer a las mujeres individuales que sufren anónimamente.

    Igualmente, puede decirse que la efectividad de muchos artículos y proyectos «virales» (activistas o no) está en la sorpresa y la fascinación con la especificidad de los demás, con las historias, ideas u opiniones que diferencian a las personas. Por ejemplo, una colección de fotos de personas sin hogar con letreros que dicen un dato «sorprendente» sobre ellos (una mujer que fue a escuela de modelaje, un hombre que habla cuatro idiomas, varios que tienen grados universitarios, etc.), datos que podrían resumirse en: soy una persona como tú, con rasgos y una vida por detrás. Y cuando el blog Humans of New York documentó un viaje internacional con la ONU, los lectores comentaban como sorprendidos de que las personas en países de África y el Oriente Medio cuenten historias sobre mismos, sus hijos, sus padres, como las que cuentan los transeúntes de Nueva York, con el mismo amor y con metas y preocupaciones particulares.

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  • Quizá esto no me tenga sentido después, pero cuando me encontraba tratando de descifrar la ducha en la casa de mi cuñado, en ese proceso de girar poco a poco la llave e ir sintiendo el agua con la mano, tratando de descubrir y modular el temperamento particular de este calentador, de repente me pareció que en esos movimientos tentativos se resumen visualmente todos los gestos de acostumbrarme a un lugar extraño, de tratar de sentirme cómodo en un espacio ajeno. O al menos eso fue lo que pensé parado ahí, metiendo la mano en el agua desde el borde de la ducha, cosa de que no vaya a caerme de repente una cascada de agua helada si hago algo mal.

  • «Para mí que esto es Santurce»,  nos dice la agente de bienes raíces en el lobby de un edificio al borde de la Baldorioty, «pero en la oficina me dijeron que dijera que es Condado».

  • La cajera del To Go siempre me pregunta, estás seguro que no quieres ponerle bolsa doble, si yo fuera tú le pondría bolsa doble. Y yo siempre le digo, no, la bolsa sola llega hasta mi casa. Pero a pesar de que hemos tenido esta conversación antes y sé que llega, siempre me pregunto, ¿llegará? Miro la bolsa y me la imagino rompiéndose y mi comprita cayéndose bajo la lluvia, quizá todavía empezando el camino, frente a los hipsters que beben cerveza frente al To Go, o a mitad, frente a la vitrina de Basilia’s y toda la gente que está comiendo ahí. ¿Y por qué en mi imaginación la bolsa tiene que romperse frente a gente, como si lo peor, si ocurriera, fuera que otros lo vean?

    Todo esto es metáfora de algo pero no sé de qué.

  • Admiro a esas personas para quienes cualquiera que no piense como ellos se está emperrando en contrariar por joder, para quienes cualquiera que hace algo de otra manera solo quiere ser diferente para llamar la atención. Envidio esa seguridad que da por sentado que el estado natural del ser humano es pensar y ser como tú, y cualquier divergencia es un invento, una afectación para sobresalir. Que tu voluntad es la dirección natural de las cosas, que tus deseos están impulsados por una fuerza tan natural como la gravedad y solo se pueden contrarrestar con algún esfuerzo consciente, y nunca es que simplemente otros tienen sus propias preferencias, deseos, gustos y metas porque eso es ser una persona.

  • Mi abuelo estuvo en el desembarco de Normandía. Él hablaba sobre bajarse de uno de esos botes y tener que seguir moviéndose mientras a su alrededor veía a otros soldados, incluso amigos suyos, caer, sabiendo que la única razón por la que todavía no lo había cogido una bala era por azar. Para mí siempre ha sido una imagen bastante concisa de lo horrible que es la guerra. Pero también, como al final es difícil no relacionarlo con uno (¿o soy yo nada más?), siempre me ha hecho pensar en lo azaroso que es que yo exista.

  • Para qué sirven los talleres literarios

    Para qué sirven los talleres literarios

    Este ensayo titulado «El fraude de los talleres literarios» ha estado corriendo por mi feed de Facebook. Andrés Hax, el autor del ensayo, pregunta si vale la pena pagarle a un experto para aprender a escribir, y contesta: «La respuesta es fácil y consiste en la lista de los grandes escritores y escritoras de toda la historia humana antes de 1936», es decir, los escritores que nunca cursaron un grado en escritura creativa, y añade: «¿Hay más debate posible contra este argumento?».

    Sí, lo hay: que no sabemos cuántos de estos escritores tenían amigos escritores con quienes compartían sus manuscritos, lectores cabales cuyas opiniones respetaban. Este es el problema con el ensayo, donde se cae todo: el taller literario no hace nada que no haga cualquier amigo escritor que respetas cuando le pasas tu cuento o tu novela.

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  • Diarios

    Diarios

    No me gusta la cuestión de mitificar a los escritores y sus procesos, pero sí me interesa el detalle, cuando lo encuentro, de cómo un escritor incorpora o incorporaba a su rutina la escritura a mano, especialmente los diarios y las libretas. Supongo que, aunque me aburren los artículos con detalles supersticiosos sobre la rutina y el «proceso creativo» del escritor, que tratan la escritura como algo místico, sí me interesa lo práctico. En este caso, la relación entre lo que un escritor escribe «para sí», quizá en libretas o en papeles sueltos, y lo que finalmente publica.

    Me parece claro, por ejemplo, que la libreta es una buena herramienta para desarrollar el hábito de escribir diariamente. La distancia que tiene un texto a mano de poder publicarse significa que es, más que cualquier otro, solo para beneficio del autor, el más borrador de los borradores. Por eso asocio la escritura privada con las libretas, a pesar de que nada impide escribir «para uno» en la computadora. Hoy día, con tantas formas de autopublicar, todo texto en pantalla parece destinado a compartirse con gente, a un paso de difundirse; se siente como si hubiera que tomar acción para no publicar algo. Pero las libretas, por esa distancia, facilitan la escritura automática, el fluir del pensamiento, escribir sin pensar tanto en el acto de escribir o en el código mismo. También impiden el perder tiempo editando y reescribiendo, porque es más trabajoso y porque no hay razón para hacerlo. Lo más cercano que tengo a diarios son libretas para este tipo de escritura.

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  • La velocidad de los años

    Una vez le pregunté a una niña cuándo había cumplido los cuatro años que tenía, y me contestó que «hace años». No dudo que le parezca tanto.

    Me pregunto si alguien ha logrado explicar por qué el tiempo parece pasar más rápido mientras más edad uno tiene. Mis últimos diez años han pasado volando, mientras que, en escuela elemental, cada cambio de un grado a otro era un evento, cada último día de clases, el final de una era.

    Será que cada año escolar me parecía una fracción significativa de la vida porque lo era: no de la totalidad de vida que viviría y viviré, sino de la que había vivido hasta el momento. ¿Será que siempre medimos el tiempo comparándolo con el tiempo acumulado? Tal vez la paciencia no se adquiere con la edad porque maduramos, sino porque dos horas son un porcentaje mayor de la vida de un niño de ocho años que de la de un adulto.

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  • Mandamientos

    Mandamientos

    A propósito de la familia tradicional, hace un tiempo estaba corrigiendo algo en que aparecían los diez mandamientos. El décimo decía «No desearás la esposa de tu prójimo». Me sonaba mal. En español, cuando el complemento directo es una persona, usualmente lo precede la preposición ‘a’; solo se omite cuando es un objeto: deseas el sueldo de tu prójimo, deseas su carro, deseas su casa; pero deseas A la esposa de tu prójimo.

    Aun así, pensé que podía ser una cita directa de alguna traducción particular de la Biblia, así que quise investigar más. Resulta que las listas de los diez mandamientos nunca son citas exactas, los mandamientos no están divididos claramente en la Biblia y los diez mandamientos son diferentes según la fuente.  (Así sucede, por ejemplo, que en algunas fuentes el sexto mandamiento sea «No cometerás adulterio» y en otras sea, más generalmente, «No cometerás actos impuros»).

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